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ANDRÉS BARTOLOMÉ
Roja Navidad
  ANDRÉS BARTOLOMÉ  | 24 de diciembre de 2019

Un relato publicado en diciembre de 1991 en “El Diario de Ávila”. Una prueba de que los sucesos vividos en Navalperal nos han ocupado desde muy temprano. Aquí se mezclan vivencias reales con el aliño personal que los veinte años nos permitían. Felices Fiestas a todos.

“Si tienes que vivir injusticias, consuélate: la verdadera tristeza consiste en cometerlas”.
Demócrito
A mis abuelos Pilar y Andrés

Hace tiempo que el clima de aquellas noches de verano se fue, dejando paso a un frío que cala los huesos y que ni las gruesas mantas de campaña llegadas en el último abastecimiento pueden sofocar.
Los hombres, los pocos que aún quedan de los miles que salieron en julio de Madrid, duermen unos junto a otros, aunque las llamas de docenas de cigarrillos revelan lo difícil que es conciliar el sueño cuando se vive con la muerte.
Me es imposible dormir. Siento que el final puede llegar en cualquier momento y la lejanía de todo cuanto quería no hace sino sumirme en una profunda melancolía que nadie conoce.
Somos, eso se supone, rudos milicianos de la columna Mangada, y hay que guardar las apariencias. Si un comisario político te ve flojear o quejarte por cualquier nimiedad, estás perdido. He visto cómo fusilaban a un soldado de Caballería por decir que el rancho era “bazofia”.
Pero algunos no pueden evitarlo. Mi amigo Antonio llora a menudo, recordando a Corina, su novia, que huyó a Valencia huyendo de los ataques a la capital.
Como él, otros muchos muestran la verdadera cara de la condición humana llevada al límite de lo soportable. Puede leerse el terror en su rostro. Yo tengo miedo y no me importa reconocerlo.
No sé qué fue de mi familia y ahora que se acerca la Navidad echaré de menos las cenas con mis padres y hemanos, al calor del hogar.
Estuvimos cerca de pasar esta entrañable fiesta en Navalperal de Pinares, pero no se cumplió el deseo de nuestro general: “Tened confianza, comeremos el turrón en estas trincheras”.
Recuerdo los momentos vividos entonces como unos días de ideales y sueños de libertad que yo, como muchos de los que nos unimos a Mangada en la estación del Norte en Madrid, creímos que alcanzaríamos al seguirle.
Pero la cruda realidad de la guerra nada tiene que ver con la gloria. Lo digo con la rotundidad del que ha vivido más intensamente que nunca en un corto espacio de tiempo.
Soy joven, tengo 20 años, pero he vivido muchas experiencias en los últimos meses. He conocido la dulzura del amor y el placer del mero contacto físico, el sabor de la amistad y la perfidia del engaño... Y el lado más oscuro y terrible del hombre. La miseria, el horror, el miedo y la sangre.
Pero en medio de la inmundicia todavía veía una luz al fondo del oscuro corredor. “Pasaremos la Navidad en Navalperal”, repetía Mangada, y al oírle recordaba la inmensa alegría de aquellos días de mi infancia, todavía cercanos, que podían repetirse entre buenos compañeros.
Sería sin duda una Navidad diferente pero si aguántabamos hasta entonces quizá fuera señal de una victoria cercana. Si Navalperal, que algunos consideraban inexpugnable, resistía...
Hace tiempo que aquellas agradables noches de estío dieron paso a las primeras nieves.
Fue entonces cuando me asignaron al grupo de abastecimiento y bajaba al pueblo cada día a cargar los víveres y las municiones, cada vez más escasos, que nos enviaban desde el Cuartel General. En la plaza que hay junto al colegio, mientras iba y venía con las cajas de provisiones una mirada curiosa y penetrante me vigilaba desde la ventana de una tienda cercana. Cada día aquella sombra observaba atentamente mis movimientos. Cuando se daba cuenta de que yo también miraba se escondía rápidamente tras los maderos. Un día no pude resistir más y entré decididamente en la tienda. Ella estaba tras el mostrador. Los ojos que me vigilaban eran los de una preciosa muchacha morena. Constantemente jugueteaba con su brillante pelo negro. Se llamaba Pilar.
Volví a verla muchas otras veces. Paseábamos abrazados, cubriéndonos de besos a cada trecho del camino, y hacíamos planes para cuando la pesadilla hubiera terminado. Qué ingenuos éramos. Pero en nuestra inocencia vivimos unos momentos intensos que nos aislaban de todo y de todos.
La guerra sigue conmigo, pero acabó con aquella flor llena de vida. Pilar murió durante un bombardeo. Su madre estaba con ella, y las dos desaparecieron para siempre bajo los escombros.
Nunca olvidaré el sabor de aquellos besos. Se lo dije muchas veces, pero ella reía y bromeaba. No podía imaginar que aquella certeza nunca fue fingida. Echo de menos a Pilar. Y la añoraré más aún cuando llegue esta Navidad teñida de sangre.
Queda poco para el alba. La patrulla de guardia se acerca a lo lejos, arrastrando su desidia por el monte. No he podido dormir ni siquiera unos minutos, y el pasado más cercano sigue bullendo dentro de mí.
Veo ahora el jardín del caserón que Mangada utilizó como cuartel general. Alrededor de una mesa, comentando las últimas operaciones, algunos oficiales y un periodista llegado de Madrid, que toma nota de todo cuanto sucede. El general invita a un brindis y todos alzan su copa al unísono. Cuando ha bebido un pequeño trago, el abstemio Mangada hace una mueca de desagrado. “Como verán -dice- me cuesta más trabajo tomar un poco de vino que batirme contra el enemigo”.
Unos cuantos vecinos observan curiosos la escena desde la verja que da acceso a la casa. Mangada hace un gesto e indica a un soldado que les lleve la botella. “Que brinden ellos también, lo merecen”.
Yo mismo bebí de aquel vino dulzón y empalagoso. Fue la última vez que hubo algo que celebrar.
Queda poco para el alba. El amanecer de una nueva Navidad, la del 25 de diciembre de 1936, será para todos nosotros una débil luz de esperanza.
No sé cuánto durará esto. Ni siquiera sé si habrá otro día para mí. Pero es seguro que estos meses marcarán para siempre mi vida. Una vida que puede acabar solo dentro de unas horas, unos minutos... quién lo sabe.
La artillería que cada mañana nos da los buenos días ha callado hoy. Es Navidad.

Foto del batallón Largo Caballero, que forma parte de la Columna Mangada, desfilando por la Gran Vía de Madrid


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