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TALLER DE ESCRITURA CREATIVA
Alzheimer
  Taller de periodismo  | 30 de diciembre de 2019

Me pediste que sacara tus memorias, así que las cogí y nos sentamos en el sofá.
Empleaste meses en escribirlas aunque solo eran unas cuantas páginas. Ahora todo te cuesta un poco más, las palabras te bailan y las letras se te descolocan sin querer; pero ahí estaban tus memorias, por las que tanto te esforzaste. Quizás por entretenerte, por matar el tiempo, o porque tenías miedo de que el tiempo llegara a matarlas a ellas. Porque tu memoria ahora es como un libro del cual cada día se convierte en cenizas una página, y seguro no querías que el fuego llegase hasta las de tu niñez.
Tú me empezaste a narrar. Pasabas el dedo de corrido por las hojas para que tus palabras tuvieran donde apoyarse. Para no perderte. Y sonreías. Me explicabas de tu boca todo lo que había escrito, y me lo ampliabas con más detalles para que yo pudiese pintar en mi cabeza el cuadro lo más exacto posible. Y te reías al leer algunas cosas, y sobre todo al rememorarlas. Y yo sonreía y me reía también, y en silencio daba las gracias porque las recordaras. Porque siguieras siendo tú y no un gran folio en blanco.
Siento que ese es el último recuerdo real que tengo de ti. De esa vez en adelante te he visto cabreada, perdida, triste, pero no sé si han sido muchas más las veces que te he visto reírte de verdad. Con esa carcajada tan bonita que siempre nos acompañó, cuando nos tumbábamos en tu regazo para jugar a ‘Gavilán gavilán’, o contabas aquel chiste del padre, el niño y el tren en la mesa del patio mientras cenábamos. ¿Te acuerdas? Ojalá sí lo hicieras.
Ahora ya nada es igual: te has perdido y yo te he perdido también.
Ya no sé cómo hablar contigo o hacer que estés contenta. Ya no basta con tirarme encima de ti para ponernos a jugar, ni contarte historias de niños con las que supongo te divertías. Ya no vale con que nos veas crecer, ni con la visión de toda tu familia reunida, sobre todo desde que el abuelo se fue para no volver y tus hijas empezaron a no entenderte.
Y yo, yo apenas te digo nada ya.
Me gustaría preguntarte tantas cosas. ¿Cómo estás, de verdad? ¿Te sientes sola? ¿Echas de menos al abuelo? ¿Cuántas cosas olvidas? ¿Aún confías en tu valía? Te quiero.
Ojalá me atreviese, abuela, a hablar contigo de verdad y darte la oportunidad de que por una vez, entre tanto olvido e impotencia, tú también pudieras ser sincera. Y volvieras a ser tú entera, de pies a cabeza. No con todos tus recuerdos, porque eso es algo que no puede devolverte ni la más bonita de las conversaciones, pero con todo tu brillo, toda tu risa y todo el amor que eres.
Ojalá me atreviese, abuela. De esa manera creo que las dos nos sentiríamos un poco menos perdidas.

Irene Muñoz Lobo


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 30 de diciembre de 2019

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