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ANA GARGALLO
Enmimismada
  Taller de periodismo  | 12 de enero de 2020

Enmimismada

Viernes, 22 de noviembre
Hay días en los que prefiero quedarme ensimismada dentro de mi mundo (¿o tendría que decir “enmimismada”?) y hoy es uno de ellos. Hay bastante lío antes de mediodía, se barrunta el fin de semana. No presto atención al goteo constante de personas que pasea ante mis ojos. Muchas, la mayoría, me corresponden con la misma moneda y me ignoran; algunas aprecian distraídas mi presencia; otras, las menos, se paran a observarme sin pudor. Lo sé, aunque mis ojos opacos no las ven.

Sábado, 23 de noviembre
No sé qué me pasó ayer; hoy he amanecido mucho más animada y receptiva al mundo de ahí afuera.
He notado sobre la cara y el cuello la calidez de los primeros rayos de sol que cruzan el cristal; Hoy si soy parte del mundo que me rodea. Poco a poco, in crescendo, la calle ha ido desplegando su catálogo habitual de sonidos, movimientos y olores de cada día. Atrás ha quedado la quietud de la noche que hoy sólo fue interrumpida por el terremoto del camión de la basura.
Me siento cómoda con este pantalón pitillo color caramelo, aunque el jersey al tono me parece demasiado grueso y ancho, creo que me hace un poco gorda. Prefiero la ropa que se ajusta a mi cuerpo como un guante, que marca los huesos de mi cadera ligeramente hacia delante, mi cinturita de avispa y mis pechos pequeños y picudos. Bien apretadita me sienta (y me siento) mucho mejor. A veces llevo escamoteadas a la espalda esas pinzas que ajustan la ropa demasiado grande, pinchan pero no me importa.

Domingo, 24 de noviembre
Ayer me encontraba tan bien que hasta intenté entablar amistad con mi nueva compañera, la rubia con flequillo. Estamos tan cerca que casi podemos tocarnos, pero nunca lo hacemos. Se nota que es fría como yo y ayer era ella quien no estaba de humor o, al menos eso me pareció. No es que se comportara mal conmigo, eso no, simplemente me ignoró. Así que hoy, aunque mantengo mi buen talante, voy a obviar su presencia.
La calle y su bullicio han amanecido más tarde y lentos que estos días atrás. Ha sido un domingo animado, pero al caer la noche el barrio ha quedado casi muerto y yo me estoy muriendo un poco con él.

Viernes, 29 de noviembre
He vivido una semana terrible. Con esta soberana idiotez del Black Friday que se han sacado últimamente de la manga, el encargado ha decido meter siete chicas más, estamos como piojos en costura, nunca mejor dicho lo de la costura.

Lunes, 2 de diciembre
Muy temprano, unos operarios, uno de ellos era bastante guapo por cierto, han puesto una lona enorme tapando el escaparate. Me faltaba la luz, se mascaba la tragedia.

Al rato, el chico guapo ha esquivado a varias de mis compañeras y en la penumbra se ha acercado hasta mí, me ha peinado con una caricia grande y suave y me ha quitado la ropa con pericia.
Ha sido un momento dulce, pero se han confirmado mis sospechas. ¿De qué me sorprendo?, todos los años pasa lo mismo. Aquí estoy en el almacén amontonada, debajo de la pierna de mi compañera la rubia, ahora sí nos tocamos. Me falta el aire, tengo el brazo dislocado. Un árbol y una maqueta navideña alemana con tren eléctrico incluido nos han desahuciado.
Cuando acaben las fiestas, con un poco de suerte, podré volver a ver el sol, la noche, la gente pasar, a través del escaparate; pero, probablemente, estaré desnuda y humillada con un cartel pegado a mis tetas con la palabra ¡REBAJAS!

Ana Gargallo


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 12 de enero de 2020

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