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LUIS G. TUCÁN
Paseo por el parque
  Taller de periodismo  | 18 de enero de 2020

Tenía ganas de seguir paseando por el Parque de la Bota, en pleno corazón del barrio de la Ventilla, mi barrio.
Pero esta vez no quería dar un paseo normal y corriente. Estoy harto de los convencionalismos. Hoy pensaba dar un paseo diferente. Me aburre lo previsible.
Tras no pocas consideraciones decidí dar el paseo al revés. Comencé a caminar marcha atrás. Las hayas me saludaban de una manera diferente. Era mucho más interesante ver cómo aparecían súbitamente sorpresas visuales. Farolas, papeleras y demás parte de los elementos decorativos del parque se sucedían en un baile mágico y otoñal. La senda de arena, que parecía trazada con regla, me permitía saborear la perspectiva desde otro ángulo y ayudaba a mantenerme en el camino, pese a mi torpeza cangrejera. Giraba la cabeza de vez en cuando para recuperar el norte. Un creciente dolor en el cuello y un par de tropezones peligrosos, el último contra una gitana que leía las líneas de la mano, me hicieron cambiar el modus ambulante.

Volví a empezar de nuevo. Me dirigí a la entrada y decidí simular que estaba desarrollando el juego de la Oca y que la entrada era la casilla de salida. Me motivaba más que lo de andar al revés.
Recuerdo las partidas de Oca con mis padres y hermanos. Mi familia se tomaba muy en serio ese juego. En una partida mi hermano Mario cayó en la casilla de la cárcel en dos ocasiones seguidas y quedó muy afectado. Marchó corriendo a su habitación deprimido e intentó suicidarse colgándose de la lámpara como un presidiario, atando varias sábanas. Todo quedó en un susto, la lámpara tenía un cable muy fino y el estruendo nos avisó que algo estaba pasando. Estuvimos un tiempo apartados de los tableros. Este forzoso alejamiento no hizo más que aumentar nuestro ansia de volver a jugar. La Oca se convirtió en un símbolo. Sirva mi paseo como sentido homenaje familiar.

Me sentía ya como una auténtica ficha, con las correspondientes ganas de iniciar mi singladura en el tablero. Comencé a pasear con los brazos estirados, rígidos, para intentar actuar más como ficha, pero me parecía muy pobre. Me faltaba realismo. Igualmente, las encinas ya no saludaban de la misma manera y las farolas y papeleras se volvieron previsibles. No me convencía esta sensación, por lo que decidí volver a la casilla de inicio.
Necesitaba sentirme más ficha aún. Mi color favorito es el azul, así que antes de iniciar una nueva mano, me acerqué corriendo a casa y me vestí de ese color, incluso me coloqué un gorro de piscina azulado y me pinté la cara en el mismo tono.

Volví a ponerme en la puerta del parque, y comencé el recorrido. Esta vez si que me sentía una auténtica ficha de la Oca. Iba dando saltos cortos con los pies juntos e imitaba tiradas de dados que daban más sentido a mi paseo no tradicional. En esta ocasión ya daba igual el nulo carácter sorpresa de las hayas y su ajuar de parque. Me sentía pletórico. Enloquecía en algunas ocasiones, cuando caía en un hipotética buena casilla o al fantasear que había alcanzado el final del tablero.

De pronto comencé a sentirme mal. Al salir de mi ensimismamiento comprobé que cientos de curiosos me seguían con sus pasos y sus miradas, incluso me animaban a sacar seises, así que dejé de saltar y dar la nota y me fui a duchar con diligencia para desazularme.
Cuando acabé me volví a vestir y salí de casa, tenía ganas de seguir paseando por el Parque de la Bota, en pleno corazón del Barrio de la Ventilla. Tenía claro que no quería dar un paseo normal y corriente.

Luis G. Tucán


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 18 de enero de 2020

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