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MARTES O MIÉRCOLES, MA GALIO
El caso de ’El Cazador Cazado’ (a)
  José María  | 5 de junio de 2012

Un caso curioso, gratificante y hasta aleccionador para el común de los mortales, fue el de ’El Cazador cazado’. Fácil de resolver en una pequeña ciudad porque dejaron numerosas pistas. Y casi irresoluble en una gran ciudad. Ma Galio, Comandante del Puesto, le resulta hasta divertido contarlo.

Después de muchos interrogatorios y averiguaciones este es el relato de lo que debió de suceder. Mas o menos.

Un día de primavera, por la mañana, hacia las 11 o 12 horas, aparece en una calle muy concurrida, un automóvil cuya bocina en vez de pitar dice:

-¡A los lados, gente ociosa!

Se apea un joven de semblante agitanado o amarroquinado o arabizado. Es decir, un indefinible chulín barriobajero, español por los cuatro costados, al que solo le falta pañuelo al cuello. Tiene barba negra de pocos día y melena larga.

Luce el tal mozo un traje llamativo que parece de elegante hechura, oscuro , cálido y ajustado pantalón y luciendo en la pernera una insignia o medallón o chapa... o lo que sea, de superficie dorada, brillante como el oro y con un grabado absurdo que llama la atención del personal que pasea por la calle a esa hora de la mañana y se arracima alelado. Un niño de unos doce o trece años, piernas sucias, gorra raida, mirada risueña y andar saltarino, se le acerca:

-Señor, señor, ¿qué significa esa chapa?

-¿Por qué lo preguntas, chavalete?

-Es que no entiendo ese dibujo de la superficie. Parece una boca.

-Es una O de oro. ¿La quieres? Te la regalo si me llevas a una barbería.

El niño condujo al personaje hasta el establecimiento que se veía al fondo de la calle.

Al rato salen, uno con el pelo cortado y el infante con la chapa puesta en la gorra. El adulto le coge la gorra cariñosamente y apuntando a la chapa o insignia o medallón... o lo que fuere, le dice:

-Si alguien te pregunta de qué es esto... le contestas así: ’De Oro. Del que cagó el moro’. Y no dejes que te lo quiten.

Las gentes observan la escena a lo lejos. El hombre se separa del niño y camina hacia el coche descapotable, estrambótico, reluciente y profusamente tuneado.

Arranca y lo pone en marcha dándole a la bocina a fin de llamar la atención y de que la gente se aparte de su trayectoria. El sonido berrea roncamente:

-¡A los lados, gente ociosa!

Y tras llegar al lugar de la barbería tuerce a la derecha perdiéndose a los ojos de los congregados. De cuando en cuando se oye el bocinazo cada vez menos nítido:

-¡A los lados, gente ociosa!

El niño se pasea orgulloso en la gorra la chapa que destella al sol de mediodía.

Los paseantes han formado grupos según sus similitudes, afinidades o porque el azar, que es muy dictador, los ha juntado así porque si y cuando pasa el niño cerca de ellos lo rodean y le preguntan interesándose por el personaje y sobre todo por la medalla o medallón o insignia o chapa... El niño se quita la gorra y les muestra el metal sin dejar que lo toquen, contestando como le ha dicho:

-Es de oro. Me lo ha dicho mi amigo.

-¿Es tu amigo? ¿Desde cuando?

-Desde hace un poco.

-El dibujo que tiene en la superficie se parece a una boca abierta.

-No. Es una O. O de oro. Del que cagó el moro. Ahora la gorra tiene oro.

El corro se ríe, el corro pierde interés, el corro le dice que se ponga la gorra. Se apartan diciendo que no vale un pimiento. La escena se repite mas o menos igual con todos los grupos de gente. Excepto en uno en el cual alguien le quita la gorra y echa a correr. Pero, ¡que casualidad!, uno de los mirones le pone la zancadilla al ladrón que cae de bruces al suelo. Desde allí tiene que soportar insultos variopintos:

-¡Chorizo, sinvergüenza, ladrón!, ¡banquero mas que banquero!

Se guarda el guardia civil, nuestro policía particular llamado Ma Galio, los de mayor calibre referidos a su madre o a la tendencia sexual del caído.

Mas, pronto olvidan al amigo de lo ajeno, al chiquillo y se disgregan. La calle torna a la animación habitual sin que la quiebre un coche tuneado, una bocina habladora, un raterillo de tres al cuarto, ni un chico con gorra condecorada.

El niño se queda, solo, presumiendo de chapa o etc,. Sus piernas sucias, sus pantalones rotos, sus ojos brillantes de pilluelo, su alegre semblante lo hacen parecerse al pordiosero de París en época de barricadas, al Gavroche de Los Miserables de Victor Hugo pero oriundo de España que no canta elogios a los pensadores revolucionarios Voltaire, Rouseau o Diderot pero que se mueve como pez en el agua entre los indignados y en otros fregados a ver lo que pilla en algún bolsillo mas abierto de lo normal. Y siempre tarareando por lo bajo: ’Si al robo me incliné / la culpa es del PP’; ’Si vivo solo así / la culpa es de Botín’ o ’Si husmeo cual gato / la culpa fue de Rato’.

Sus ojos chispean sin perder de vista las andanzas del que quiso afanarle la gorra que, ahora, se ha retirado a la acera de enfrente y toma el sol.

(seguirá)


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- Artículo realizado por José María
- Publicado el 5 de junio de 2012

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