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ALICIA KENT
Impresiones de una americana vallecana (I)
  ALICIA KENT  | 7 de febrero de 2020

Me voy a presentar. Me llamo Alice, pero firmo documentos con el nombre de Alicia y entre amigos soy simplemente Chachi. Soy estadounidense y se nota. Tengo el pelo rubio, la cara redonda y me cuesta pronunciar la r. El único rasgo poco americano que poseo es que vivo con dos amigas, también americanas (de pasaporte y de aspecto), en el corazón de Vallecas. Según dicen, Madrid es un barrio de Vallecas, por lo tanto uno podría decir que vivo en el corazón de Madrid, lo cual es el corazón de España, y España a su vez es el centro del propio universo.

Ejem. Que no me desvié del tema. Como decía soy una persona normal y corriente, estudiante/traductora/camarera de día, y de noche una aficionada del tinto de verano y de los bares que tienen alma propia y rastro de conversaciones trascendentales. Llevo algo más de tres años viviendo en España. Soy una expatriada muy orgullosa de mi patria adquirida, y he venido para contaros con historias, entrevistas y anécdotas por qué me fascina tanto este país (y de vez en cuando por qué no tanto). Llamémoslo impresiones de una americana vallecana. España no es mi tierra de origen pero la quiero como si lo fuera. Y el amor se merece ser contado.

Vamos a comenzar donde muchas historias tienen su comienzo, en el principio, mi primera vez en la península Ibérica. Otrora estuve viviendo en Francia, enseñando inglés a pobres niños inocentes que tuvieron que soportar mis clases. Estuvimos en el mes de marzo y se acercaba un finde largo, por lo que yo y mis compañeros del trabajo, también procedentes países anglohablantes, nos juntamos para planificar un viaje. “Vámonos a España,” sugirió uno de ellos. “Qué exótico,” decíamos. Todos estábamos de acuerdo. Alquilamos un coche, lo cual fue una aventura en sí, siendo ocho personas de las cuales ninguna sabía conducir un coche de cambio manual, salvo yo.

En aquella época tenía diecinueve años. Gracias a mi madre que tiene una pasión por los coches y las motos, llevo conduciendo desde los once, la edad en la que ella empezó a sacarme al campo y dejarme detrás del volante. Al principio, apenas llegaba a los pedales, incluso con el asiento en la posición más adelantada. Me tenía que agachar para tocarlos con el punto del pie, por lo que me resultaba imposible frenar y, a la vez, ver a través del cristal. Pero aprendí a llevar el coche a pesar de ello. Entonces el reto de Toulouse-Murcia de un sólo tirón en un minibus, conduciendo yo sola por la noche, llevando a mis compañeros dormidos, me parecía pan comido. Y sí, de todos los lugares de España para visitar, elegimos ir a Murcia.

En total, tardamos doce horas. Me acuerdo del momento en el que cruzamos la frontera y entramos en Cataluña, a la una de la mañana. Estábamos en pleno Pirineo, y veía los picos que alzaban, oscuros y misteriosos, sobre la carretera sinuosa. Ya le tenía respeto a este país. Mientras que mis amigos dormían en los asientos de atrás, me entretenía con las señales de carretera que eran en Catalán. “¡Guau!,” pensaba. “Serán en lengua vasca.” Todavía no me había estudiado bien la geografía regional.

Desperté a los demás al llegar a las afueras de la ciudad de Murcia. Había amanecido y tenía hambre. Aparqué el minibus en el típico restaurante de carretera. Echamos gasolina, todos vestidos de pijama, bostezando y frotando los ojos. Entramos en el bar y todo nos parecía fascinante. Nos sentamos en la mesa más grande que había y nos pusimos a descifrar la carta. Yo era la única que hablaba un poco de castellano. “Menos mal que la carta no está en vasco como los carteles que vi ayer por la noche!”, les dije a los demás y todos rieron, asintiendo.

Ahora, al mirar atrás la carta de desayunos probablemente ponía algo como “tostadas con tomate, croissant a la plancha, bizcocho, churros, etcétera” y las bebidas, “café solo, café con leche, cola cao, té…”. Pero la única cosa que yo reconocía fue el mítico café con leche. “Vamos a preguntar si tienen sangría y tapas,” dijo una de mis amigas. “¿Qué son tapas?” pregunté. “¡Comida española, obviamente!”, explicó. Vino el camarero para tomarnos nota. Eran las ocho de la mañana y al pobre le pedimos sangría y tapas. No sé cómo, pero cumplió.

Nos trajeron dos jarras de sangría que probablemente fue comprado del supermercado pero pensábamos que era la cosa más rica que habíamos probado nunca. También nos dieron un par de platos de croquetas, tortilla de patata y morcillas murcianas. Estábamos encantados con todo.

Durante el fin de semana entero, Murcia no paraba de sorprendernos. Dimos muchos paseos por la ciudad y por el campo. Visitamos varios pueblos en los alrededores. Bebimos vino en la playa. Me acuerdo de un momento que saqué el móvil y abrí la aplicación de notas. Empecé una lista que se titula “lugares mágicos”, que aún conservo, la primera entrada era Murcia, España.

La vuelta a Francia la hicimos durante el día, afortunadamente. Fuimos por la carretera que recorre toda la costa mediterránea y me enamoré perdidamente. Es increíble pasar desde el casi desierto de Murcia a las provincias montañosas de Alicante y Valencia, con sus playas impresionantes, y finalmente entrar en la Cataluña pirenaica, rocosa y con bosques verdes, en relativamente tan poco tiempo. Jamás había experimentado tal cambio de paisaje.

A partir de aquel viaje me hice la promesa de algún día mudarme a España para vivir. Pensé que probablemente no ocurriría hasta que me jubilara y me pudiera comprar una casa en la playa o en las montañas para pasar el resto de mis días. Pero aquí estoy, con veintitrés años, y ya sé qué hay que pedir para desayunar en un restaurante de carretera.

Alicia Kent


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