Las Navas del Marqués a 14 de julio de 2020   

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Cada cual con su locura
ONETTI y JUANA LA LOCA

Hace tiempo que Tomás García Yebra no se nos ponía a producir artículos, más allá del trabajo arduo de sus libros. Aprovechemos su "fiebre literaria" y sus contagiosos conocimientos para exponer algunos ilustres casos de confinamiento social, algunos de motu proprio, otros por intereses ajenos. Comenzamos.

  TOMÁS G.Y.  | 12 de abril de 2020

A lo largo de la historia hubo confinamientos de diversa índole: los obligados a causa de asedios, enfermedades, deportaciones, exilios..., y también voluntarios, como los de los monjes, los anacoretas, los poetas y los solitarios de todo tipo y pelaje.
Veamos.

Madrid, 1990. El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994) vivió sus últimos años tumbado en la cama. “Todo lo importante de mi existencia lo llevo conmigo, no necesito más”. Su mujer, Dorotea Muhr, discrepaba: “Es un comodón”. Él se dedicaba a escribir, ella a todo lo demás. Onetti solo le ponía un pero: que tocara el el violín. “Me irrita, no la soporto”.
Dorotea Muhr fue su cuarta esposa. Antes se había casado con María Amalia Onetti, prima suya. A los tres años se separó y se casó con otra prima, hermana de la anterior, María Julia Onetti. Hubo un tercer matrimonio -el que compartió con Elizabeth María- antes de encontrar a la compañera definitiva, Dorotea Muhr, con quien estuvo cerca de cuarenta años.
Onetti aterrizó en Madrid, año 1974, huyendo del dictador (dictador y asesino) Juan María Bordaberry. Durante unos cuantos años malvivió con artículos que enviaba a la agencia Efe. Abandonado a la molicie, las horas transcurrían lentas: escritura, tragos de whisky, cigarrillos y lectura de Faulkner y de novelas policíacas.
En 1980 le concedieron el premio Cervantes. Recibió la noticia en la cama y en la cama recibió a algunos periodistas (no a todos).
-¿Qué significa para usted el premio Cervantes?
-Diez millones de pesetas.
Encima de un colchón imaginó la vida. Al poco de morir, su viuda declaró: “Estaba más vivo en la cama que la mayoría de los que deambulan por la calle”.
Hubo momentos en esa existencia horizontal en que sufría mucho, incluso lloraba. “Me duele enormemente tener que matar a algunos de mis personajes”.

Tordesillas, 1550. Juana la Loca cometió el gran fallo de no leer a Stendhal. Si hubiese podido leer Del amor, del gran escritor francés, no le habría pasado lo que le pasó. Stendhal habla en este ensayo de la ’teroría de la cristalización’. Esta teoría -que Juana la Loca desgraciadamente no pudo conocer- viene a decir que el ser que ama deposita perfecciones en el ser amado que no posee. El amor, en definitiva, es una ilusión, algo que se siente de manera intensa, pero sin ningún fundamento real.
Dice Stendhal: “Si se echa una rama seca y deshojada en una de las minas de sal de Salzburgo, y se recoge al día siguiente, ésta aparece transfigurada: se habrá cubierto de infinidad de cristalitos brillantes que convierten una rama seca en una especie de ensamblaje de diamantes”. Según este autor, en el alma del enamorado ocurre un proceso semejante. “El enamorado, cuyo raciocinio quedó secuestrado, recubre de perfecciones imaginarias al ser que ama”.
El marido de Juana, Felipe el Hermoso, murió en Burgos el 25 de septiembre de 1506. Algunos historiadores aseguran que envenenado, otros sostienen que la causa fue beber agua fría tras un partido de pelota. Nada más fallecer trasladaron el cadáver hasta la cartuja de Miraflores; allí estuvo durante casi tres meses. Juana, que guardaba la llave del féretro, iba todos los días a la cartuja, abría la tapa y, después de contemplar la ’belleza’ del rostro embalsamado de su marido, besaba sus ojos y luego los pies. “En la cartuja se debieron vivir escenas para quitar el sueño al más templado”, escribe el historiador Elías Rubio.
Felipe el Hermoso dispuso que lo enterraran en Granada y su viuda decidió cumplir el deseo. El 20 de diciembre de 1506 -a pesar de la adversa climatología- el cortejo fúnebre emprende el viaje. El cuerpo yace en una caja de plomo recubierta con otra de madera. Los lacayos adornan el féretro con seda y oro y lo alzan a un carruaje de cuatro caballos. Solo viajarán de noche, “por respeto”, y lo harán casi a tientas, alumbrados por la luz de los hachones. Varios pueblos de Burgos y Palencia presencian -entre conmovidos y alucinados- la llegada del cortejo fúnebre. Juana I de Castilla, llamada ’la loca’, estaba embarazada. El 14 de enero de 1507 parió a su hija Catalina en el pueblo palentino de Torquemada.
En octubre de 1507, el cortejo llega a Arcos de la Llana (Burgos). Después de diez meses de peregrinaje no habían salido de Burgos y Palencia. Y es que la reina Juana quería la cuadratura del círculo: llegar a Granada sin dejar Castilla. En este pueblo permanece más de un año. En febrero de 1509, Fernando de Aragón -padre de Juana y esposo de Isabel la Católica- decide poner fin a tanto despropósito. Incapacita a su hija y la confina en el Palacio Real de Tordesillas, hoy desaparecido. El cadáver de Felipe el Hermoso es trasladado en pocos días hasta la Capilla Real de Granada.
Juana la Loca estuvo en Tordesillas desde 1509 hasta el día que murió, un 12 de abril de 1555. Cuarenta y seis años de reclusión. ¿Loca? ¿Cuerda? ¿Esquizofrénica? ¿Simplemente enamorada? Los comuneros, durante la revuelta de los años veinte, quisieron sacarla de Tordesillas y proclamarla legítima reina. Su hijo Carlos V lo impidió. Le convenía que su madre siguiera loca, aunque nunca lo estuviese.
En el Museo del Pardo, en las salas del siglo XIX, se puede contemplar el impactante óleo Doña Juana la Loca, de Francisco Pradilla.
Juan G. Atienza escribió el libro La leyenda negra de Isabel la Católica, donde cuenta los envenenamientos que hay que planear para alcanzar el trono.

Tomás García Yebra

(continuará)


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