Las Navas del Marqués a 14 de julio de 2020   

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CADA CUAL CON SU LOCURA
El filósofo y la dama del crimen
  TOMÁS G.Y.  | 20 de abril de 2020

Fuerteventura, 1924. A Miguel de Unamuno le encantaba llevar la contraria. Suya es la frase “de qué se habla que me opongo”. En 1931 fue de los que vitoreó la llegada de la Segunda República. Al comprobar que aquello era un caos arremetió contra ella. Ensalzó durante unos días el golpe militar de julio del 36. Al cerciorarse de la barbarie de los Hunos y los Hotros (como denominaba a ambos bandos) se encerró en su individualidad hasta que la muerte le sorprendió el 31 de diciembre de 1936, en el sillón de su casa salmantina, al abrigo de la mesa camilla, con el brasero chamuscándole una de las zapatillas.
Fue un pensador de frase enérgica y planteamientos nada convencionales. En su novela Abel Sánchez interroga a Dios y le pregunta por qué Abel era su ojito derecho y a Caín le tenía tanto desprecio. Todo, a Abel, le sale bien (gratuitamente); a Caín todo mal (también sin motivo). La envidia que siente Caín por Abel, ¿nace en el corazón de Caín o es Abel quien, desde su aparente inocencia, la suscita?
En uno de sus ensayos lanzó la bomba: ¿y si Dios es el malo?, ¿y si en la lucha ganó el ángel malo y todo el desbarajuste, las injusticias y las catástrofes son obra suya?
Unamuno fue muy crítico con el dictador Miguel Primo de Rivera. Le puso de mote ’Ganso real’. Con sus gerifaltes tampoco se quedó corto: borrachos, botarates, sifilíticos y cretinos fueron algunos de los amables apelativos con los que les obsequió. Primo de Rivera se quedó con ganas de fusilarle. No lo hizo por el qué dirán, pero le deportó a Fuerteventura, “la cárcel de arena”, uno de los lugares más lejanos del territorio español. El depuesto rector de la Universidad de Salamanca arribó en Puerto Cabras el 12 de marzo de 1924. Estuvo cuatro meses en la isla. Para mitigar la soledad llevó en la maleta los Cantos de su querido poeta contrahecho Giacomo Leopardi
En la azotea del hotel Fuerteventura -donde se hospedó- tomaba el sol en pelota picada. Los clientes alertaron a Francisco Media, dueño del establecimiento. Francisco Media le hizo llegar las quejas a Unamuno. “Yo no los miro a ellos, que ellos no me miren a mí”, respondió el filósofo vasco.
Lejos de deprimirse se prendó de la isla y también de sus habitantes. Baños de sol, lecturas, partidas de ajedrez, paseos en camello y excursiones en barca con el pescador Antonio Hormiga ocuparon gran parte de su tiempo. “En mi vida he dormido mejor. Estoy digiriendo el gofio de nuestra historia... ¿Cuándo volveré a ver estas peladas montañas desde el mar en una barquita de Hormiga? ¡Qué raíces echó ahí mi corazón!”.
En el libro De Fuerteventura a París recoge en sonetos -y en notas dispersas- las impresiones que le causó la isla. El cineasta Manuel Menchón evocó en en La isla del viento la estancia Unamuno en aquella tierra.


Berkshire, Inglaterra, 1926. Tres de diciembre de 1926. Son las nueve de la noche. Agatha Christie -exitosa autora de novelas policíacas- sale de su residencia al volante de un Morris Cowley. Se dirige a Yorkshire para pasar la noche. Horas después la policía encuentra el vehículo -aparentemente abandonado- cerca de un lago. En el interior el carné de identidad, un abrigo y manchas de sangre. ¿Dónde está la escritora?
Scotland Yard comienza la búsqueda. Cientos de agentes peinan la zona. Un día, dos días, tres días, cuatro días... Ni un rastro de la dama del crimen. El ministro del Interior ordena que se intensifique la búsqueda. Miles de admiradores escriben a los periódicos solicitando información o aportando posibles pistas. La policía ofrece una recompensa a quien ayude a resolver el caso. Sir Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, también se suma a la investigación. Doyle facilitó un guante de la escritora a una reconocida pitonisa por si podía arrojar algo de luz.
Han transcurrido diez días. Nada. Mil agentes de policía, diecisiete mil voluntarios, varios aviones han rastreado sin éxito el condado de Berkshire. ¿Dónde está la buena señora?
La buena señora aparece al undécimo día. ¿Dónde? En el hotel Swan Hydrophatyc de la ciudad de Harrogate, en el condado de Yorkshire. ¿Qué había ocurrió? Ella contó a la prensa que no recordaba nada, que había perdido la memoria, incluso no reconoció a su marido cuando fue a buscarla.
La policía -y la prensa y sus miles de admiradores- comenzaron a sospechar. ¿Una
estratagema publicitaria? Eso le recriminaron muchos seguidores, pero era lo suficiente rica y famosa como para buscar un ardid tan burdo. Agatha Christie mantuvo el silencio hasta el año en que murió, 1976, y a la tumba se llevó el secreto. Resolvió todos los misterios de sus novelas, pero nos dejó con la miel en los labios respecto al suyo.
Es probable que uno de sus biógrafos, Andrew Wilson, acaricie la verdad. El día de su desaparición, la novelista había mantenido una fuerte discusión con su marido, Archibal Christie, un oficial del Ejército bravucón y mujeriego. Archibal tenía una amante, Nancy Neele, con la que pensaba irse a vivir. La escritora, en un arrebato de desesperación, se subió al Morris, arrancó, comenzó a darle vueltas al desamor, apretó el acelerador, siguió acelerando, vio un árbol y enfiló hacia él... En el último segundo dio un volantazo, la carrocería del coche rozó con la corteza y ella debió sufrir algún corte, de ahí la sangre encontrada en el interior del vehículo. En el hotel se inscribió con el nombre de Nancy Neele, la amante de su marido, con lo que echa por tierra su supuesta amnesia. La escritora apenas salía de la habitación. Fue un empleado quien la reconoció y avisó a la policía.
La dama del crimen supera los mil millones de copias de sus novelas, todas ellas traducidas a 103 idiomas (más éxito que la Biblia y que Shakespeare, según el Libro Guinness de los Récords). Dicen que su mejor obra es El asesinato de Roger Ackoryd, pero la que más encandila al público son los Diez negritos. Su obra de teatro La ratonera se sigue representando en Londres -ininterrumpidamente- desde 1952. Cuando fregaba los platos se le ocurrían las mejores ideas. En su autobiografía, ni una línea sobre la misteriosa desaparición.

Tomás García Yebra

(continuará)


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