Las Navas del Marqués a 14 de julio de 2020   

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ÁNGEL VALLEJO
Postergas
  Taller de periodismo  | 24 de abril de 2020

Me escribes una breve carta, hija, a pesar de que te dije hace tiempo que lo evitaras, que me evitaras. Que no sabes con certeza por qué te distanciaste hace años, dices, por qué espaciabas cada vez más las visitas y, sobre todo, por qué yo no te las reclamaba. Y me envías un texto no muy largo, con la petición de que opine sin pasar mi parecer por el tamiz de la condescendencia debida de la familia, por el filtro de la paternidad. Me parece innecesario, pero yo también estoy cansado del encierro y a lo mejor a los dos nos viene bien un poco de hiel para quitarnos el regusto edulcorado de este disparate que a todos nos limita. Sea.

Huyes hacia el horizonte del futuro. Te pierdes un segundo en lo poético de la frase, en lo sonoro de la palabra horizonte, en la línea del tiempo por venir, en el cúmulo de posibilidades sin fin que se abren en el espacio que se presenta delante. Ya te has olvidado de lo esencial: huyes. Usas la escritura como nave en la que abandonar el confinamiento, sin mirar un momento a la base, sin caer en la cuenta de que todos los planes son para cuando esto termine. Para cuando acabe todo, para cuando vuelvas a la idílica vida que tenías (o que quieres creer que tenías) antes de que la miasma viniera cabalgando el viento del este. Ni un solo plan para el presente. Pesa silenciosa la sonrisa del invisible demonio ante la ubicua tecnología digital. Ataca a la esencia, al cuerpo, al primer aliento de la vida, a los pulmones. Maldición de reencuentro con lo básico: puedes vivir sin redes ni algoritmos, pero no sin aire. Si tus pulmones colapsan no pelearás por una mejor cobertura del móvil ni un balsámico flujo de wifi. Necesitarás un antiinflamatorio, primero, un antibiótico para la neumonía después y, sin suerte, un aparato mecánico de los que parece que no quedan, un fuelle para la forja de la supervivencia. La huida es centrarse en lo positivo. En los aplausos, en las sonrisas de los vecinos sanos al atardecer. Qué precioso experimento social. Qué tremenda la lucha interna que te hiere cada tarde cuando te sobreviene un pensamiento que no eres capaz de clasificar. Te debates entre la idea aceptable de estar participando activamente en la comunidad y la idea terrible de estar ejerciendo tu biológica pertenencia al rebaño. Te erosiona el espíritu la ocultación de la realidad. Decenas de miles de personas muertas, lo sabes, pero no has podido ver en los medios un solo moribundo, un ataúd, la imagen de una morgue. ¿Es que eres menor de edad?¿Quién decide qué nivel de preocupación y sufrimiento por los semejantes eres capaz de soportar? Con al menos veinte mil familias golpeadas por la muerte del levante lejano ¿no encuentran los medios un solo testimonio de duelo? Parece que no te extraña. No sabes si es necesario ese espectáculo, pero te perturba que en la edad del acceso de medios total, en la era de la exhibición y del perpetuo mercado de emociones no puedas ejercer la opción que consideres oportuna en cada momento. Te piden que seas responsable, pero no te dejan serlo. Y tú asientes. Con todos. Y hasta aquí mi crítica a tu carta.

PD: A lo mejor no estás en cuarentena, sino escondiéndote.

Ángel Vallejo


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