Las Navas del Marqués a 14 de julio de 2020   

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MARIVÍ AMÍROLA
La dama del río
  Taller de periodismo  | 27 de abril de 2020

La dama recostada lánguidamente entre almohadones. Entre siete se acomoda.
La dama decadente de buena cuna, apropiadamente vestida para la ocasión, luce sus mejores galas al atardecer, cuando la puesta de sol dora su vestido y colorea de rosa sus mejillas.
Aunque si observas bien, descubrirás algunos de sus brocados marchitos; remiendos que se disimulan tratando de mantener la opulencia de la que disfrutó en sus mejores tiempos.
Los brazos abiertos, una pierna extendida y la otra ligeramente doblada, oculta el empeine bajo la corva. El tobillo que se deja ver, no hace tanto se enfundaba en un botín sucio y descuidado; acumulaba inmundicia y malos olores. En la actualidad, saneado y lustroso juega con la punta del pie en el agua fresca y con perezoso movimiento surca la rivera chapoteando con los peces.
Se asoma al río pero sin ver su reflejo, usa una peineta de plata para recoger dos rizos del flequillo; en su voluptuoso escote pende un impresionante camafeo esculpido con figuras humanas y animales. En el hueco entre las dos clavículas se forma un elegante arco.
Un tocado exuberante domado con tiara circular del que emerge una soberbia trenza para discurrir cuello abajo y reposar en el busto, se adorna con frondosas palmeras, perlas y gemas; lujosos artículos accesibles a muy pocos para captar la atención de los pretendientes adinerados. La vieja dama se resiste a la decadencia.
Tatuajes en la piel ya ajada. Ha sufrido dos delicados momentos en su larga vida, en el primero fue atacada por violentos temblores que desmoronaron su anatomía y años más tarde una vasta quemadura la mutiló gravemente. Apenas se perciben las profundas cicatrices pues tras las convulsiones, un joven marqués prendado de su belleza, puso a su disposición todos los recursos posibles para reparar el daño. Con la ayuda de muchos y la rehabilitación ha conseguido superar la desdicha del fuego, recobrando su esplendor.
Se liberó del corsé y la cuajaron de claveles.
Hoy, nuevos vendajes intentan aliviar la congestión de sus órganos.
Vivarachos duendes amarillos interrumpen temprano su descanso, tañen campanillas, revolotean por todo su ser y le provocaran cosquillas por las estrechas costuras.
Es una vieja aristócrata; no se formó para el ritmo de los tiempos actuales. Se creó para otro compás, de armonía más lenta, para disfrutar del paseo, de la tertulia, para aspirar el aire fresco sin prisas y continuar el paso. De ahí el lamento del fado que se puede oír como un suspiro de melancolía.
Por las tardes se recrea saboreando un café intenso con delicados pasteles que le dan fama. Aflora puntilla de fino algodón que remata las enaguas de seda y se vislumbra el tacón labrado en forma de torre.
Ofrece de vez en cuando alegres veladas, pero se retira antes de que se marchite su maquillaje.
Ultrajada por muchos, admirada por otros. A ningún otro sedujo tanto como a su amante poeta. Añora sus arrumacos, los versos que le recitaba. Él gustaba de recorrerla entera con avidez; solía hacer un alto en la plazuela del ombligo para beberse un sorbo de ginjinha. Paseaba amoroso por sus escondrijos y oquedades. Rincones oscuros que la noche enciende con lujurioso brillo. Se entretiene en el vientre aterciopelado y hurga en la faltriquera donde ella esconde siempre alguna que otra sustancia prohibida, para deleite de ambos.
La caricia ascendía por la empinada ladera de uno de sus senos, antiguas estrías dibujan una red de surcos, como caminos sinuosos; se eriza el pezón-mi castillo, murmuraba cariñoso. Apoyaba la cabeza en el otro pecho, más turgente parece más joven, menos castigado y esperaba que las musas de la poesía le visitaran. Vagaba por la espalda, besaba la nuca y desde sus hombros admiraba el horizonte.
La cortejan anticuarios, libreros y jóvenes artistas que buscan refugio en su regazo y desde ahí saltar a la fama al amparo del espíritu de su amante, al que de vez en cuando se le puede ver sentado en la terraza de un antiguo café, en tertulia silenciosa consigo mismo, con sus propios ecos mientras observa desolado a su dueña, sin poder abarcarla, sin poder retenerla.
Ella siente su ausencia como si su alma descendiera por una vertiginosa pendiente.
En una cadera, sostiene el pliegue de la falda con un prendedor cual encaje de bolillos petrificado, adorno de lencería fina; rosetón manuelino que la lleva a evocar lugares lejanos, a huir a distancias remotas.
Cuando te despides, Lisboa te hace un guiño cómplice, sabe que probablemente regreses a sus brazos.


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