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CADA CUAL CON SU LOCURA
Ciudad sitiada
  TOMÁS G.Y.  | 28 de abril de 2020

Ciudad sitiada

Zaragoza, verano de 1808. De todos los enfrentamientos que hubo entre franceses y españoles durante la Guerra de la Independencia, nada tan encarnizado y cruel como los dos ’sitios’ que sufrió Zaragoza.
Calle por calle, casa por casa, habitación por habitación... Una de las armas que más temían los franceses eran los cubos de agua con aceite hirviendo que las zaragozanas les arrojaban desde los ventanucos, las buhardillas o el alto de la escalera.
La ciudad del Ebro contaba con poco más de 50.000 habitantes. El perímetro estaba protegido por rudimentarias tapias (tenían una función aduanera), pero carecía de fortificaciones, a excepción de la Aljafería y de algunos conventos, cuya solidez los convirtió en auténticos baluartes defensivos .
Los mandos militares -y los habitantes- se olían que el francés, tarde o temprano, asomaría el morro. Zaragoza era un enclave crucial. Se prepararon para recibirlos.
El 14 de junio, el general Lefebvre y sus 14.000 hombres (una ciudad rodante) avistan la torre de La Seo. Llevan nueve horas de caminata y deciden acampar al sur de la urbe. Superiores en armamento, superiores en formación militar, están convencidos de que Zaragoza se rendirá en los primeros compases.
Al día siguiente, Lefebvre y su alto mando consultan los mapas y deciden atacar tres puertas de la ciudad: el Carmen, el Portillo y Santa Engracia. El fracaso fue estrepitoso, casi humillante. Una de las columnas logró franquear la puerta del Carmen, pero los dragones (jinetes con sable) fueron sorprendidos por un numeroso grupo de mujeres, quienes se abalanzaron sobre ellos con cuchillos, navajas, tijeras, botellas rotas... La Grande Armée napoleónica era imbatible en los enfrentamientos a campo abierto, pero en espacios cerrados -la famosa guerra de guerrillas- dominaban los españoles. El factor sorpresa, en Zaragoza, fue determinante.
El balance del día fue de 700 bajas francesas por 300 españolas.
Lefebvre cambia de táctica: desestima la toma por asalto y decide asediarla. Pide refuerzos. El 27 de junio se suma Jean-Antoine Verdier al mando de 3.500 soldados. El experimentado general (había combatido en Egipto y otros frentes napoleónicos) toma la batuta sustituyendo a Lefebvre.
Los sitiados, entre tanto, refuerzan con parapetos y sacos terreros los puntos más vulnerables. Fabrican munición y metralla. Un vigía, desde la Torre Nueva (el punto más alto de la ciudad), avisa de los movimientos del ejército francés. El comandante en jefe, José de Palafox, sale y entra de la urbe (casi siempre de noche) en busca de refuerzos. En la ciudad hay unas 8.000 personas armadas, entre soldados profesionales y milicias (ciudadanos voluntarios). Cuentan con 250 artilleros, 700 infantes regulares y 170 jinetes.
El episodio más famoso tuvo lugar el 2 de julio durante una de las embestidas francesas. Agustina Raimunda Saragossa Doménech, de 22 años, se hallaba en la puerta del Portillo. La artillería enemiga había puesto fuera de combate a medio centenar de defensores y la situación era crítica.
Decenas de soldados galos -bayoneta calada y griterío ensordecedor- se abalanzan para tomar la posición. De repente, entre una nube de polvo y humareda, surge la figura de Agustina Raimunda. Se encuentra junto a un cañón de 24 libras; el artillero yace en el suelo. Agustina coge el botafuego, lo aproxima al ’oído’ del cañón y el artefacto -que apuntaba en horizontal- ocasiona una carnicería entre los confiados franceses. El enemigo, aterrorizado, se dispersa en desbandada y los escasos españoles que aún quedaban vivos recuperan el puesto. A partir de aquel día Agustina Raimunda Saragossa Doménech pasó a llamarse Agustina de Aragón.
Cuenta la leyenda que Palafox, esa misma tarde, la condecoró con el grado de subteniente. La realidad es más prosaica: la nombró artillera rasa, lo cual no era moco de pavo, pues tenía derecho al rancho de los soldados, un privilegio en aquellas terribles semanas.
En los días posteriores continuaron los bombardeos de la artillería y las incursiones por distintos puntos de la ciudad, pero los franceses -con cientos de bajas, entre muertos y heridos- estaban desmoralizados y decidieron batirse en retirada.
El seis de agosto, Verdier recibe un oficio del general Belliard -jefe del Estado Mayor de José Bonaparte- para que levante el asedio.
Cuando Napoleón se enteró del fracaso montó en cólera. No lo podía consentir. Durante varios meses preparó un nuevo asalto a la ciudad del Ebro. A las ocho de la mañana del 21 de diciembre de 1808 comenzaría el segundo baile.
Lo contamos en el siguiente capítulo.

Tomás García Yebra

(continuará)


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