Las Navas del Marqués a 14 de julio de 2020   

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CADA CUAL CON SU LOCURA
Ciudad sitiada (II)
  TOMÁS G.Y.  | 9 de mayo de 2020

Zaragoza, agosto 1808-febrero de 1809. Después de varias semanas de infructuoso asedio, el ejército francés levanta el campamento y se repliega hacia Tudela. Ese mismo día -14 de agosto de 1808-, los zaragozanos, con la moral por la nubes, entran en masa a la basílica del Pilar para dar gracias a su querida y protectora Virgen. El general Palafox encabeza la procesión. En la basílica entonan el solemne Te Deum (himno de alabanza y agradecimiento al Señor) y fuera del templo se desgañitan con una copla a ritmo de jota:

La Virgen del Pilar

dice que no quiere ser francesa

que quiere ser capitana

de la tropa aragonesa

Pero poco dura la alegría en casa del pobre. Napoléon Bonaparte no estaba dispuesto a consentir una afrenta semejante. Durante los meses de agosto, septiembre octubre y noviembre organiza un ejército de dar auténtico miedo: 41.671 infantes, 3.409 jinetes. 4.310 peritos (entre artilleros y zapadores) y 137 piezas de artillería. El emperador encarga la toma de Zaragoza a sus mejores generales y mariscales: Moncey, Junot, Suchet, Ney, Mortier y Lannes. Para las operaciones de gran envergadura, Napoleón elegía a la crème de la crème, y de este elenco seleccionaba a los oficiales que habían tenido suerte en la vida y en las batallas. El Gran Corso pensaba que hay personas gafadas y otras con estrella, al margen de su cualificación profesional.

Mientras tanto, los habitantes de la ciudad del Ebro se preparan para recibir por segunda vez al invasor. Saben que si el primer asedio fue duro, este será peor. Han tenido cuatro meses para enterrar los 6.000 cadáveres desperdigados por las calles y para recuperarse del tifus y la disentería, enfermedades que causaban más bajas que los enfrentamientos bélicos.

A las ocho de la mañana del 21 de diciembre comenzó el festival. En números andaban parejos: 41.000 franceses frente a 37.000 españoles, pero los primeros eran soldados profesionales, mientras que las tropas españoles se abastecían de mucho voluntario, de gente con más entusiasmo que efectividad. El general Palafox había dejado salir de la urbe a los menores de 14 años y mayores de 60.

Durante dos meses exactos (del 21 de diciembre al 21 de febrero) Zaragoza se convirtió en un infierno de llamas y devastación. Los zapadores franceses excavaban cerca de las tapias o junto a los muros de los monasterios para colocar cargas de pólvora. Luego entraban en acción los artilleros con cañonazos en parábola o de frente. Después, ante cualquier brecha, aparecía la infantería o los dragones a caballo. La lucha cuerpo a cuerpo fue una constante, pues los gabachos tuvieron que doblegar

la ciudad calle a calle. Los francotiradores hispanos -y las acometidas callejeras por sorpresa- eran sus enemigos más temibles.

El presbítero Santiago Sas actuó como el capitán Trueno. La condesa de Bureta dirigió un ’cuerpo de amazonas’ que prestaba socorro a los heridos y se encargaba del aprovisionamiento de víveres y munición. La monja María Rafols -beatificada por Juan Pablo II en 1995- atendía a los contagiados por las epidemias. Goya, que estuvo en Zaragoza después del primer asedio, comenzó a trabajar en Fuendetodos sus grabados ’Los desastres de la guerra’.

La basílica del Pilar se convirtió en uno de los blancos favoritos del enemigo, pues pensaban que destruyéndola minarían la moral de los aragoneses.

El 21 de febrero de 1809 -la ciudad ardiendo por todas las esquinas y miles de muertos sin enterrar-, la Junta de Defensa acuerda capitular. No firmó José Palafox -enfermo de tifus- sino Pedro María Ric, presidente de la Junta. Lo hizo en el cuartel del mariscal Jean Lannes, situado en el molino de Casablanca.

Conocida como ’la Florencia española’ (tenía más de 200 edificios notables, entre conventos, monasterios, iglesias y construcción civil), Zaragoza quedó prácticamente destruida. De sus 50.000 habitantes sobrevivieron 12.000. De aquellas cenizas nació un mito. Y también un tópico (a lo mejor no tanto): la tozudez aragonesa.

Poco antes de la capitulación, el mariscal Lannes escribió esta carta a Napoleón Bonaparte:

“Jamás he visto encarnizamiento igual al que muestran nuestros enemigos en la defensa de esta plaza. Es preciso organizar un asalto por cada casa. El sitio de Zaragoza no se parece en nada a nuestras anteriores guerras. Es una contienda que horroriza. La ciudad arde en estos momentos por cuatro puntos distintos, y llueve sobre ellos las bombas a centenares, pero nada es suficiente para intimidar a sus defensores. ¡Qué guerra! ¡Qué hombres! ¡Un asedio en cada calle, una mina en cada casa!

¡Verse obligado a matar a tantos valientes, o mejor a tantos furiosos! Esto es terrible. La victoria da pena”.

Un siglo después, en 1916, el revolucionario León Trotski pasó por Zaragoza camino de Barcelona. En la estación de ferrocarril anotó en su diario. “¡La ciudad de los famosos asedios en tiempos de Napoleón!”.

Tomás García Yebra

(continuará)


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