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Impresiones de una americana vallecana
Impresiones de una americana vallecana (III)
  ALICIA KENT  | 19 de mayo de 2020

Qué difícil es hablar el español
Volvemos con el tercer capítulo de Impresiones de una americana vallecana y seguiremos el viaje con un tema muy importante: el idioma. Como posiblemente habréis notado hablo castellano. A veces bien, a veces doy verdadera pena. El español es una lengua complicada, y yo, pues soy una persona que es capaz de olvidarse de quitar los calcetines antes de entrar en la ducha, y no darse cuenta hasta que están plenamente enjabonados. Combinación difícil. Sin embargo, he sido bendecida con una resistencia alucinante a la vergüenza. Lo cual es un factor muy importante a la hora de analizar ’mi éxito’ en el mundo de la lingüística hispánica.

Antes de comenzar la historia de cómo he aprendido, voy a contaros una anécdota para reiterar lo mal que utilizo el lenguaje a veces, y por lo tanto lo poco probable me parece que fuera que acabara donde estoy ahora: escribiendo en un idioma que no es mi nativo.

Hace un par de años tuve que ir al psicotécnico a demostrar que no estoy loca de esa manera para que me dejaran sacar el carnet de motocicletas. Estuve nerviosa porque no sabía qué esperar… En Estados Unidos no hacemos eso de comprobar que la gente esté sana mental y físicamente antes de dejarles detrás del volante de una máquina capaz de matar a cualquier cosa que esté en su entorno inmediato. No señor, en mi país puedes, con tan solo quince añitos de edad, conducir un coche al supermercado, por poner un ejemplo, entrar e intentar comprar unas latas de cerveza, solo para que te digan que eres absurdamente joven para eso, que tu cerebro no está lo suficientemente formado y que no eres adecuadamente responsable para tolerar algo tan peligrosa como la cerveza.

Pues eso, estuve en el psicotécnico y todo salió bien, me aprobaron sin ningún problema a pesar de mi nerviosismo. Solo quedaban por firmar los documentos. Me acerqué a la mesa de la recepción, donde la persona que se había encargado de declararme juiciosa y cuerda me pidió los últimos datos. Mi nombre completo, fecha y lugar de nacimiento, cosas habituales. Finalmente, el número de NIE. El mío termina con la letra B, y al pronunciarla conviene decir algo como “B de Barcelona”, u otra cosa similar. Pero a mí nunca me habían preguntado “B de…?” y me entró mucho pánico porque de repente se me habían olvidado todas las palabras que empiezan con la letra B. Al cabo de unos segundos insoportablemente largos de vacilación, acabé por decir “B, de Batata.” Sí, lo has visto bien. Batata, dije, la verdura naranja que se parece a su prima mucho más común y conocida, la patata.

Eso, friends, es lo que llamaríamos en América un brain fart. Literalmente, flatulencia del cerebro. Es algo que me pasa al menos una vez al día.


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