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LUIS G. TUCÁN
Afinidades que matan
  Taller de periodismo  | 31 de octubre de 2020

Andrea había decidido suicidarse. Su analítica resultó positiva de Tricomavirus, el nuevo virus taiwandés que asolaba el planeta. En apenas un par de días sufriría una degradación súbita: perdería la visión, sus huesos se volverían de cristal y ni siquiera podría sostenerse en pie; se convertiría en un vegetal. Sentada en la sala de espera echó mano de su paquete de tabaco y, sin vacilar, sacó un cigarro. Lo prendió abrazado por sus labios...

Tres caladas después una enfermera recriminaba su acción.
-Disculpe, ¿acaso no sabe usted que está prohibido fumar en todo el centro de salud?
-Por supuesto que lo sé, pero en cuanto llegue a casa me voy a suicidar. Me queda media hora de vida y, como comprenderá, no estoy ahora mismo para normas estúpidas, creo que merezco este cigarro. Tómeselo como si fuera mi última voluntad.
La enfermera abrió los ojos con perplejidad:
-¡No me lo puedo creer, es usted una irresponsable!... Este acto atenta contra la salud de las personas, voy a llamar a seguridad ahora mismo...
Andrea interrumpió con la sobranza que tan sólo puede tener alguien que sabe que va a morir.
-Quiere dejarme en paz ya señorita, no me está dejando saborear mi último cigarro. ¿No tiene usted nada que hacer? Váyase y salve alguna vida o ponga alguna inyección y olvídeme.
Le enfermera estaba desconcertada.

Andrea continúo saboreando su póstumo cigarro con vehemencia. Podía escucharse cómo entraba la calada a través de su garganta. Ciertos sonidos guturales húmedos indicaban que eran bocanadas de pleno placer. Al expulsar el humo cerraba los ojos para sentirlo mejor, jugaba con la humareda. Aros y bucles salían de su boca y rodeaban a la enfermera, convirtiéndola en un planeta humano. Su antagonista, impotente, asistía a una degustación suprema, a un descaro descarado. Sacudiéndose la aureola atufadora con ambas manos tomó asiento a su lado...

-Yo también estoy destrozada, sabe. Mi madre tiene Tricoma. Mi marido me engaña con mi mejor amiga y, por si fuera poco, creo que también estoy infectada.
Andrea la dio la espalda
-¿Y qué quiere que haga? Usted trabaja aquí, conocerá a algún psicólogo que pueda ayudarla. Menudo último cigarro que me estoy fumando...
Al escuchar unos sollozos se giró bruscamente.
-No llores, joder, creo que puedo ayudarte.
Andrea tiró el cigarro al suelo, dejándolo caer desde la altura de su pezón derecho. No pudo contenerse y la abrazó.

El llanto pasó de mejilla en mejilla con una fatídica compenetración. Emparejaron sus lágrimas a modo de juramento y se sonrieron con una complicidad aterradora. Súbitamente Andrea agarró de la mano a su nueva compañera de desgracias y tirando de ella salieron por la puerta a trompicones.

Tengo un ático precioso, ¿sabes?, un octavo piso; estoy segura que pronto cesarán nuestras penas... Por cierto, ¿cómo te llamas...?

Luis G. Tucán


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 31 de octubre de 2020

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