Las Navas del Marqués a 7 de julio de 2020   

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LOS MARTES Y MIERCOLES, MA GALIO
Esa cosa vino de África (A)
  José María  | 19 de junio de 2012

Ma Galio hoy no se halla muy predispuesto para contar sus aventuras. Lleva unos días un poco trastornado de salud. Y entre la Prima de Riesgo (que ya parece toda una Suegra), el Rescate, la Justicia (que es todo menos ciega y justa), el Paro, las Subidas con las que nos amenazan... Todo ello le ha puesto en un muy mal humor, no siendo este estado de ánimo propicio a relatar alguna que otra parida. Mas, como sabe que el Martes o el Miércoles, algunos (pocos) esperan historia, les muestra el relato de uno de los escritores, Howard Phillips Lovecraft (*), que nos ha dejado las historias mas terroríficas, discípulo de Poe y creador los Mitos de Cthulhu. Un poco racista es, la verdad, pero su maestría nos deja olvidar ese pero. El cuento, que divide el Comandante del Puesto en dos partes, refleja la buena literatura del autor y su racismo. Lo ha titulado el guardia civil, nuestro sabueso particular, como ’ Esa cosa vino de Africa


A

Detrás de las bambalinas de lo que todos conocemos, se esconde una verdad diabólica que hace de la vida algo tenebroso y, a veces, la vuelven aun mucho más espantosa. La ciencia, ya de por si dominante, estremece con sus descubrimientos y puede que derive algún día en aniquiladora definitiva de nuestra especie humana -siempre que seamos una especie-; pues su reserva de intempestivos horrores no serían soportados por los cerebros de los hombres, cuando se desate, si se desata, esa muestra de maldades. Si supiéramos lo que en realidad somos, haríamos lo que vino a hacer sir Arthur Jermyn: empaparse de gasolina y chiscándose sus ropas arder como tea humana en la noche hasta extinguirse. Nadie guardó sus restos chamuscados en parte alguna, ni honró su memoria, porque se descubrieron unos papeles por ahí y hallaron cierta ’cosa’ dentro de un embalaje, motivos ambos por los que los hombres se inclinaron a cubrirlo todo con un velo de olvido. Incluso algunos de los que lo conocieron niegan que haya existido jamás.

Sin embargo, Arthur Jermyn se fue al páramo y se prendió fuego, achicharrándose, después de ver la ’cosa’ del embalaje que había llegado de África. Fue este objeto, y no su extraña apariencia personal, lo que le indujo a suicidarse. Y es que a numerosas personas les desasosegaría tener los extraños rasgos faciales de sir Arthur Jermyn; empero él, que era poeta y hombre erudito, nunca le preocupó esa parte de su cuerpo. Sir Arthur Jermyn llevaba el saber en su ser, en su sangre; su bisabuelo, el barón Robert Jermyn, había sido un connotado antropólogo; y su tatarabuelo, sir Wade Jermyn, uno de los primeros exploradores de la región del Congo, había escrito diversos estudios eruditos sobre sus tribus, bestias y supuestas reliquias. Hay que decir que sir Wade tanto y tanto se interesó intelectualmente por esta región de Africa que hasta devino en manía; y fue ridícula su postura defendiendo una civilzación prehistórica de la raza blanca en el Congo y el hazmerreir de las clases cultas inglesas cuando apareció su libro, Reflexiones sobre las diversas partes de África. En 1765, este intrépido aventurero, fue recluido en un manicomio de Huntingdon.

Todos los Jermyn poseían un ramalazo de locura, y la gente se alegraba de que no fueran muchos. La estirpe no se bifurcó en ramas, y sir Arthur fue el último vástago. De no haber sido así, se ignora lo que hubiera podido suceder cuando llegó aquella ’cosa’. Los Jermyn siempre tuvieron un aspecto que no era del todo normal; había algo raro en ellos, aunque el caso de sir Arthur fue el más extraño. Los viejos retratos de familia de la Mansión Jermyn, con anterioridad a sir Wade, dejaban ver rostros bastante hermosos. Se sabe que la locura comenzó con sir Wade, cuyas disparatadas historias sobre África engendraban a la par goce y terror en sus pocos amigos. Se mostraba en su colección de trofeos y ejemplares, muy distintos de los que un hombre corriente coleccionaría y conservaría, y se patentizó de manera clara y rotunda en el encierro oriental en que mantuvo a su esposa. Su mujer, decía él, era hija de un comerciante portugués que había conocido en África, y no le gustaban las costumbres británicas. La trajo, junto con un hijo pequeño nacido en África, al retornar del segundo y más largo de sus viajes; luego, ella lo acompañó en el tercero y último, del que no volvió jamás. Nadie la vio nunca, jamás, de cerca, ni siquiera los criados, por su carácter excéntrico y violento. Durante la corta estancia de esta mujer en la Mansión de los Jermyn, ocupó un ala apartada y sólo fue atendida por su marido. Sir Wade resultó, efectivamente, de lo más curioso en sus atenciones para con la familia; ya que cuando regresó de África, no consintió que nadie, nadie nadie, atendiese a su hijo, salvo una repulsiva negra de Guinea. De vuelta, tras el fallecimiento de lady Jermyn, asumió él, totalmente, los cuidados del niño. Fueron las palabras de sir Wade, mayormente cuando se encontraba bebido, las que hicieron considerar a sus amigos que estaba loco. En una época en que imperaba la razón, como el siglo XVIII, resultaba de bobos el que un hombre de ciencia hablara de visiones insensatas y escenas extrañas bajo la luna del Congo; se refiriera a descomunales murallas y columnas de una ciudad olvidada; murallas y columnas derrumbadas e invadidas por la vegetación; o contara de húmedas y secretas escaleras que bajaban interminablemente a la oscuridad de criptas abismales llenas de tesoros y de catacumbas extraordinarias. Especialmente, era una insensatez hablar de manera tan delirante de los seres vivos que hubieran podido poblar tales lugares: criaturas mitad de la jungla, mitad de esa antigua e impía ciudad... criaturas fabulosas que el mismo Plinio habría nombrado con escepticismo; seres que bien pudieron nacer después que los grandes monos asolasen la moribunda urbe de las murallas y columnas, de las criptas y las extrañas esculturas. Después de su último viaje, sir Wade hablaba de esos asuntos con estremecido y misterioso entusiasmo, sobre todo tras de beber su tercer vaso en el Knight’s Head; jactábase entonces alardeando de lo que había encontrado en la selva y de cómo había morado entre ciertas ruinas espantosas que él sólo conocía. Y al final contaba en tales términos de los seres que allí vivían, que lo recluyeron en el manicomio. Manifestó poco pesar cuando lo encerraron en la habitación enrejada de Huntingdon, ya que su mente funcionaba de forma un tanto singular. Desde el momento en que su hijo empezó a salir de la infancia, le fue cogiendo cada vez menos cariño al hogar, hasta que últimamente parecía tenerle miedo. El Knight’s Head luego se convirtió en su posada habitual; y cuando lo encerraron, manifestó cierta gratitud, como si, para él, representase una protección. A los tres años murió. .

Philip, el hijo de sir Wade Jermyn, resultó una persona de lo más extraña. A pesar del gran parecido físico con su padre, su aspecto y comportamientos, en muchas facetas, eran tan groseros que todos acabaron por rehuirle. Y si no heredó la locura, como algunos temían, fue bastante estúpido y propenso a cortos y periódicos accesos de violencia. De estatura pequeña, poseía, sin embargo, una fuerza y una agilidad descomunales. A los veinte años de recibir su título se casó con la hija de su guardabosque, alguien que, según se decía, era de origen gitano; mas poco antes de nacer su hijo, se alistó en la armada como simple marinero, colmando el disgusto general que sus costumbres y su casamiento habían despertado. Al terminar la guerra de América, se corrió el rumor de que iba de marinero en un barco mercante que hacía el comercio con África, habiendo ganado buena reputación con sus proezas de fuerza y soltura para trepar, pero al fin desapareció una noche en que su barco se hallaba fondeado frente a la costa del Congo.

La, ahora, aceptada peculiaridad familiar adoptó un sesgo extraño y fatal con el hijo de sir Philip Jermyn. Alto y bien agraciado, con una especie de misteriosa simpatía oriental; pese a sus proporciones físicas un tanto singulares, sir Robert Jermyn comenzó una vida de estudioso e investigador. Fue el primero en estudiar científicamente la inmensa colección de restos que su desequilibrado abuelo había traído de África, e hizo del nombre familiar algo muy reputado en el campo de la etnología y la exploración. En 1815, sir Robert se casó con la hija del séptimo vizconde de Brightholme, matrimonio bendecido con tres hijos, el mayor y el menor de los cuales jamás fueron vistos públicamente a causa de sus deformidades físicas y mentales. Apesadumbrado por estas desventuras, el científico buscó refugió en su trabajo, e hizo dos largas expediciones al interior de África. En 1849, su segundo hijo, Nevil, personaje verdaderamente repugnante que parecía combinar el desabrimiento de sir Philip Jermyn con la altanería de los Brightholme, se fugó con una vulgar bailarina, aunque fue perdonado a su regreso, al año siguiente. Volvió a la Mansión Jermyn, viudo, con un niño pequeño, Alfred, que con el tiempo sería padre de sir Arthur Jermyn.

Decían sus amigos que fue este cúmulo de infortunios lo que trastornó la mente de sir Robert Jermyn; quizás la culpa estaba tan sólo en ciertas tradiciones folcloricas africanas. El maduro erudito había estado recopilando leyendas de las tribus onga, próximas al territorio explorado por su abuelo y por él, con la esperanza de corroborar de alguna manera las extravagantes historias de sir Wade sobre una ciudad remota, habitada por extrañas criaturas. Cierta coherencia en los singulares escritos de su ancestro sugería que la imaginación del orate pudo haber sido estimulada por los mitos nativos. El 19 de octubre de 1852, el explorador Samuel Seaton visitó la Mansión de los Jermyn llevando consigo un manuscrito y notas recogidas entre los onga, convencido de que podían ser de utilidad al etnólogo ciertas leyendas acerca de una ciudad gris de monos blancos regida por un dios blanco. En el curso de la conversación debió suministrarle sin duda muchos datos adicionales, cuya naturaleza jamás llegará a conocerse, por la espantosa serie de tragedias que sobrevinieron de repente. Cuando sir Robert Jermyn salió de su biblioteca, dejó tras de sí el cuerpo estrangulado del explorador; y antes de que nadie pudiera detenerlo, había matado a sus tres hijos: los dos que no habían sido vistos jamás, y el que se había fugado. Nevil Jermyn murió defendiendo a su hijo de dos años, cosa que consiguió, y cuyo asesinato entraba también, al parecer, en los trastornados planes del anciano. El propio sir Robert, tras repetidos intentos de suicidio, y una terca negativa a pronunciar un solo sonido articulado, murió de un ataque de apoplejía al segundo año de reclusión.

Sir Alfred Jermyn fue barón antes de cumplir cuatro años, pero sus gustos jamás estuvieron a la altura de su título. A los veinte, se unió a una banda de artistas, y a los treinta y seis había abandonado a su mujer y a su hijo para viajar en compañía de un circo ambulante americano. Su final fue truculento de veras. Entre los animales del espectáculo con el que viajaba, había un enorme gorila macho de color algo más claro de lo normal; una bestia sorprendentemente mansa, de gran popularidad entre los cómicos. Sir Alfred Jermyn se sintió fascinado por el gorila, y en numerosas ocasiones los dos quedaban mirándose a los ojos a través de los barrotes durante mucho tiempo. Finalmente, Jermyn consiguió el permiso para adiestrar al animal asombrando a los espectadores y a sus compañeros con sus éxitos. Una mañana, en Chicago, cuando el gorila y sir Alfred Jermyn ensayaban un combate de boxeo muy ingenioso, el primero propinó al segundo un golpe más fuerte de lo habitual, lastimándole el cuerpo y la dignidad del domador aficionado. De lo acontecido los componentes de «El Mayor Espectáculo del Mundo» no les gusta hablar nada. No esperaban el grito escalofriante e inhumano que profirió sir Alfred, ni esperaban verlo agarrar a su torpe antagonista con ambas manos, arrojarlo con fuerza contra el suelo de la jaula, y morderlo furiosamente en la garganta peluda. Había cogido al gorila desprevenido; pero no por mucho tiempo, y antes de que el verdadero domador pudiese hacer algo, el cuerpo que había pertenecido a un barón había quedado irreconocible.

(seguirá)


Fotos: de arriba a abajo: Edgar Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft y dibujo de Lovecraft

(*) http://es.wikipedia.org/wiki/Howard_Phillips_Lovecraft


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- Artículo realizado por José María
- Publicado el 19 de junio de 2012

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