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LOS MARTES Y MIERCOLES, MA GALIO
Esa ’cosa’ vino de África (y B)
  José María  | 25 de junio de 2012

y B -
...
Arthur Jermyn, hijo de sir Alfred Jermyn, nació de la unión de éste con una cantante de cabaret de origen ignoto. Cuando el marido y padre abandonó a su familia, la madre llevó al niño a la Mansión de los Jermyn, donde no había nadie que pudiera oponerse a su presencia. No carecía ella de conocimientos sobre lo que debe ser la dignidad de un noble, por lo que cuidó de que su hijo recibiese la mejor educación que su limitada fortuna le podía facilitar. La hacienda familiar estaba dolorosamente mermada, y la Mansión de !os Jermyn había caído en penosa ruina; pero el joven Arthur quería al viejo edificio con todo lo que contenía. En contra de los Jermyn anteriores, era poeta y soñador. Ciertas familias de la vecindad, que habían oído contar historias sobre la invisible esposa portuguesa de Wade Jermyn, aseguraban que estas aficiones suyas revelaban su sangre latina; pero la mayoría de las personas se limitaba a mofarse de su sentido de la belleza, atribuyéndola a su madre cantante, socialmente rechazada. La elegancia poética de sir Arthur Jermyn era mucho más destacable teniendo en cuenta su grosero aspecto personal. La mayoría de los Jermyn había tenido un aspecto sutilmente extraño y repulsivo; pero el caso de Arthur era chocante. Resulta difícil decir con precisión a qué se parecía; pero su gesto, su ángulo facial, y la longitud de sus brazos provocaban viva repugnancia en aquellos que lo veían por primera vez.

La inteligencia y el carácter de sir Arthur Jermyn, sin embargo, hacían olvidar su aspecto. Culto y clarividente, alcanzó los más altos honores en Oxford y parecía capaz de restituir la fama de intelectual a la familia. Aunque de genio más poético que científico, proyectaba continuar la labor de sus antepasados en arqueología y etnología africanas, utilizando la maravillosa, si bien extraña, colección de sir Wade. Llevado de su fantasiosa mentalidad, pensaba a menudo en la civilización prehistórica en la cual el explorador demente había creído a ciencia cierta, y... tejía un cuento tras otro en torno a la silenciosa ciudad de la selva mencionada en las postreras y más estrambóticas anotaciones. Las neblinosas palabras sobre una indescriptible y desconocida raza de híbridos de la selva le producían un extraño sentimiento, mezcla de terror y atracción, al reflexionar sobre el posible fundamento de semejante fantasía, buscando una luz acerca de más recientes datos recogidos por su tatarabuelo y por Samuel Seaton entre los onga.

En 1911, sir Arthur Jermyn, tras la muerte de su madre, decidió proseguir sus averiguaciones hasta el final. Vendió parte de sus propiedades a fin de obtener el dinero necesario, preparó una expedición y se embarcó con destino al Congo. Contratando a un grupo de guías con ayuda de las autoridades belgas, pasó un año en las tierras de Onga y Kaliri; allí recogió muchos más datos que sobrepasaron cualquier esperanza. Entre los kaliri había un anciano jefe de nombre Mwanu que gozaba no sólo una gran memoria, sino de un grado de inteligencia excepcional, y un gran interés por las tradiciones antiguas. Mwanu ratificó la historia que Jermyn había oído, añadiendo su propio relato sobre la ciudad de piedra y los monos blancos, tal como él la había oído contar.

Según este anciano jefe, la ciudad gris y las criaturas híbridas habían desaparecido, aniquiladas por los pendencieros n’bangus, hacía muchos años. Esta tribu, después de destruir la mayor parte de los edificios y matar a todo bicho viviente, se llevó a la diosa disecada ya que ese había sido el objetivo de la incursión; la diosa mono blanca a la que adoraban los extraños seres, y que, según atribuían las tradiciones del Congo, había reinado como princesa entre ellos. Mwanu no tenía idea del aspecto que debieron de tener aquellas criaturas blancas y simiescas; pero pensaba que eran ellas quienes habían construido la ciudad en ruinas. Jermyn no pudo formarse una opinión clara; pero, después de muchas indagaciones, consiguió una pintoresca leyenda sobre la diosa disecada.

Según decían, la princesa mono, se convirtió en consorte de un gran dios blanco venido de Occidente. Durante mucho tiempo, reinaron juntos en la ciudad, pero al nacerles un hijo, se marcharon de la región. Más tarde, el dios y la princesa habían retornaron y, a la muerte de ella, su divino esposo momificó su cuerpo, metiéndolo en una inmensa mansión de piedra, donde fue adorado. Luego volvió a irse solo. A partir de ese momento, la leyenda presentaba tres variantes. Según una primera versión, no ocurrió nada más, salvo que la diosa disecada se convirtía en símbolo de predominio para la tribu que la poseyera. Y ese fue el motivo por el que los n’bangus se habían apoderado de ella. Una segunda versión aludía al regreso del dios y su muerte a los pies de la divinizada conyuge. En cuanto a la tercera, relataba el retorno del hijo, ya hombre maduro -o ya mono, o dios, según el caso-, aunque ignorante de su origen sacro. Sin duda los imaginativos negros habían sacado el máximo partido de lo que subyacía de tan extrafalaria leyenda, fuera lo que fuese.

Arthur Jermyn no albergó dudas ya de la existencia de la ciudad que el viejo Wade había descrito, y no se extrañó cuando, a principios de 1912, dio con las ruinas. Comprobó que se habían exagerado sus dimensiones, pero las piedras que quedaban eran muestra fehaciente de que no se trataba de un simple poblado negro. Lamentablemente, no consiguió encontrar relieves, y lo exiguo de la expedición desaconsejaba emprender el trabajo tendente a franquear el único pasadizo visible que conducía abajo, a cierto sistema de criptas que Wade nombraba. Preguntó a todos los jefes nativos acerca de los monos blancos y la diosa momificada, pero hubo de ser un europeo quien probara los datos que le había proporcionado el viejo Mwanu. M. Verhaeren, un agente belga y tratante del Congo, estaba seguro de que podía no sólo localizar, sino conseguir también a la diosa momificada, de la que tenía vagas noticias, dado que los otrora poderosos n’bangus eran ahora sumisos siervos del gobierno del rey Alberto, y sin mucho esfuerzo podría convencerlos para que se desprendiesen de la tosca divinidad que habían robado. Cuando sir Jermyn zarpó rumbo a Inglaterra, lo hizo con la exultante esperanza de que, en espacio de unos meses, llegaría a sus manos una inapreciable reliquia etnológica que confirmaría la más extravagante de las historias de su antepasado, que era la más disparatada de cuantas jamás oyera. Pero quizá los campesinos que vivían en la vecindad de la Mansión de los Jermyn habían oído cuentos aun más extraños a Wade, alrededor de las mesas del Knight’s Head.

Arthur Jermyn aguardó pacientemente la esperada caja de M. Verhaeren, estudiando entretanto con creciente diligencia los escritos dejados por su desequilibrado ancestro. Empezaba a sentirse cada vez más afín a sir Wade, y buscaba vestigios de su vida personal en Inglaterra, así como de sus aventuras en Africa. Los relatos orales sobre la misteriosa y recluida esposa eran numerosos, pero no quedaba ningun rastro tangible de su estancia en la Mansión Jermyn. Jermyn se preguntaba la razón de tal hecho, y llegando a suponer que la principal causa debió de ser la locura de su consorte. Recordaba lo que que se decía de su tatarabuela: que fue hija de un comerciante portugués establecido en África. Sin duda, el sentido práctico heredado de su padre, y su conocimiento superficial del Continente Negro, lo habían movido a burlarse de las historias que contaba Wade sobre el interior; algo que un hombre como él no debió de olvidar. Ella había fallecido en África, adonde sin duda su marido la llevó a la fuerza, decidido a probar lo que decía. Pero cada vez que Jermyn se sumía en esas elucubraciones, no podía por menos de sonreír ante su futilidad, siglo y medio después de la muerte de sus extraños antecesores.

En junio de 1913 le llegó una carta de M. Verhaeren notificándole que había encontrado la diosa disecada. Se trataba, decía el belga, de un objeto de lo más extraño e imposible de clasificar para un profano. Si era humano o simio, sólo un científico podía determinarlo; y aun así, su clasificación sería muy difícil dado su estado de deterioro. El paso del tiempo y el clima del Congo no son favorables para las momias, máxime si sus trabajos preparatorios son obra de aficionados, como parecía ocurrir en este caso. En torno al cuello de la criatura se había encontrado una cadena de oro que sostenía un relicario vacío con adornos nobiliarios; sin duda, recuerdo de algún infortunado viajero, a quien debieron de cogérselo los n’bangus para ponérselo a la diosa en el cuello, a modo de talismán. Comentando las facciones de la diosa, M. Verhaeren hacía una pintoresca comparación, o mejor, aludía con humor a lo mucho que iba a sorprenderle a su corresponsal, aunque estaba demasiado interesado científicamente para extenderse en trivialidades. La diosa momificada, anunciaba, llegaría debidamente embalada, alrededor de un mes después de la carta. El embalaje fue recibido en la Mansión de los Jermyn la tarde del 3 de agosto de 1913, siendo trasladado enseguida a la gran estancia que albergaba la colección de curiosidades africanas, tal como ordenaran sir Robert . Lo que sucedió mas tarde puede deducirse con seguridad por lo que contaron los criados, así como por los objetos y documentos examinados después. De las diversas opiniones, la del mayordomo de la familia, el anciano Soames, es la más extensa y lógica. Según este fiel servidor, sir Arthur echó a todo el mundo de la habitación, antes de abrir la caja; aunque pronto se oyó el resonar del martillo y el escoplo demostrando que no había decidido aplazar la tarea. No se oyó nada durante un rato. Y Soames no podía precisar cuánto tiempo de silencio. Pero está convencido de que menos de un cuarto de hora después, desde luego, se escuchó un grito horrible, cuya voz pertenecía inequívocamente a Jermyn. E inmediatamente después, salió Jermyn de la estancia a todo correr, como un loco, en dirección a la entrada, como si algún espantoso enemigo lo persiguiera. La expresión de su rostro -una cara ya de por si muy fea- resultaba indescriptible. Cerca de la puerta, pareció ocurrírsele una idea; dio un giro a su huida, desapareció finalmente por la escalera del sótano. Los criados se quedaron en lo alto totalmente atónitos; pero el señor no regresó. Les llegó, eso sí, un olor a petróleo. Ya de noche oyeron el golpeteo en la puerta que comunicaba el sótano con el patio; y un mozo de cuadra vio salir a sir Arthur Jermyn, todo reluciente de petróleo, y desaparecer hacia el negro páramo que rodeaba la casa. Luego, en una exaltación de supremo horror, presenciaron todos el final. Brotó una chispa en el páramo, se elevó una llama, y una columna de fuego humano se elevó al cielo. El linaje de los Jermyn había dejado de existir.

El motivo por el los restos chamuscados de sir Arthur Jermyn no se recogieron para enterrarlos está en lo que encontraron después; sobre todo, en esa ’cosa’ de la caja. La diosa momificada constituía una visión nauseabunda, arrugada y carcomida; pero era claramente un mono blanco momificado, de una especie desconocida, menos peludo que ninguna de las variedades registradas e infinitamente más próximo a los humano... asombrosamente próximo. Su descripción detallada podría resultar sumamente desagradable; pero hay dos particularidades que deben mencionarse, ya que encajan espantosamente con ciertas anotaciones de sir Wade Jermyn sobre las expediciones africanas, y con leyendas congoleñas sobre el dios blanco y la princesa mono. Los dos detalles en cuestión son estos: las armas nobiliarias del relicario de oro que dicha criatura llevaba en el cuello eran las de los Jermyn, y la irónica alusión de M. Verhaeren a cierto parecido que le recordaba el apergaminado rostro, se ajustaba con vívido, espantoso e intenso horror, nada mas y nada menos que al del sensible y delicado sir Arthur Jermyn, hijo del tataranieto de Wade Jermyn y de su desconocida esposa. Los miembros del Real Instituto de Antropológico quemaron aquela ’cosa’, arrojaron el guardapelo a un pozo, y algunos de ellos niegan que Arthur Jermyn haya existido jamás.

Final

(*) Título Nuestro; titulo original: ’’Facts Concerning the Late Arthur Jermyn and His Family

Versión del cuento nuestra


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- Artículo realizado por José María
- Publicado el 25 de junio de 2012

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