Las Navas del Marqués a 7 de agosto de 2020   

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PLUMAS Y PINCELES
Doce partituras de vivos colores
  Juanjo  | 30 de junio de 2012

22 de junio, viernes, ocho y media. Se inaugura la exposición de Fernando García de Juan en el espacio cultural Caja de Ávila de Las Navas del Marqués. Si ya de por sí invita el prestigio del pintor a visitarlo, como guinda del pastel, cada uno de los doce cuadros tiene a su izquierda un poema, descripción o guía para entender lo que el artista ha querido expresar. El encargado de describir con las palabras lo que fácilmente se nos escapa a la vista es Urbano Blanco, conocido poeta navero y amigo de García de Juan.

Nada más entrar en el espacio cultural me dedico, después de saludar a ambos, a fotografiar cuadros y poemas. Contemplo primero y leo después. La sensación de que gran parte del significado no he sabido encontrarlo, me devuelve otra vez al lienzo buscando los detalles que Urbano detalla minuciosamente en el poema.

Y así uno tras otro. Fernando aparece a mitad de la exposición. "Cuando quieras, te comento sobre mis cuadros". Da la sensación de cercano, de accesible, de `buena gente´. Acabo las fotografías y me explica la técnica de un par de los cuadros expuestos - los membrillos y la imagen fallera, a mi juicio el mejor de la exposición, donde se ven las distintas fases de la creación de los ninots, con un colorido y detalle espectaculares-.


Es curioso cómo utiliza la informática a modo de gran lupa para ver los mínimos detalles de aquello que quiere pintar. Me explica que el secreto de utilizar los pinceles de trazo más fino le da esa capacidad de captar los detalles. Le comento que la luz y los colores de sus cuadros me suenan `familiares´, conocidos. Tengo cientos de fotos con esos colores. "Benidorm es la luz, el color", me comenta Fernando.


Fernando García de Juan, que nació en Segovia en 1939, vive en Benidorm. Músico casi de nacimiento (comenzó a estudiar piano a los 4 años) y que fue su profesión hasta 1988, cambió las baquetas por los pinceles. Su curriculum de exposiciones impresiona- Beirut, Teherán, Francia, Madrid, Barcelona y sobre todo la comunidad valenciana.


Escribir sobre esos cuadros ante la descripción exacta de Urbano Blanco sería como acudir en chandal a una cena de gala, así me sentiría. Por eso, para definir su obra, qué mejor que las palabras de Urbano en la presentación.
Desde elNaviero.com recomendamos una exposición que es para visitar varias veces, con tiempo para disfrutar de la pluma y del pincel de dos artistas:

EL FULGOR Y EL COLOR
El observador ordenó las fotografías de algunos de los cuadros seleccionados para el catálogo de la Exposición Antológica de Fernando García de Juan y se detuvo ante la de un óleo titulado Bodegón. Leyó la claridad y soñó el color. Observó el predominio de la luz, luz manchada, ¿cómo puede pintarse la transparencia, la diafanidad del aire? Parecía un cuadro pintado directamente con las manos, con los dedos, como si de arcilla se tratara, como si el artista hubiera colocado las copas allí, las uvas atrás, junto a esas botellas pintadas con la devoción de quien sabe gozar un buen vino. Y el sol por el este, es decir, que pinta en Benidorm, con el norte de cara. "La lectura de este cuadro sólo puede suspenderse", pensó, "es un cuadro de autor". Y lo disfrutó sin mover el sacacorchos.

Fernando nació para ser pintor. Un buen día dispuso las baquetas en paralelo y las guardó con una sonrisa de agradecimiento. Pero se quedó la música, un sentido de la armonía que preside los más variados aspectos de su polifacética personalidad (¿pintará escuchando música?). Colocó entonces los pinceles cuidadosamente, como si ordenara instrumental médico, varitas mágicas de distintos tamaños. Al observador se lo contaron Javier y José Enrique, dos personas con quienes el pintor segoviano intercambia una fidelidad sin fisuras a la manera que enseñó Laín, basada en la confidencia, en la benevolencia y en la beneficencia. Cuando el observador conoció a Fernando, anotó su perilla dieciochesca, su porte clásico, la serenidad de su palabra -con ese poso de sabiduría de quien camina despacio después de haber transitado aprisa-, y sobre todo sus ojos, unos ojos incisivos cuya mirada llegaba muy adentro.

El observador tomó otra fotografía al azar y sintió que el corazón se le esponjaba en olas de tranquilidad. Caminó paso a paso por el borde de pétalos inmarcesibles, se escondió entre ellos con los ojos cerrados y sintió el terciopelo en sus dedos. Era suavidad, satén, pero también fragilidad: podría romperse el pétalo como una oblea. Ahí estaba la magia de una sensibilidad singular. Y sintió la tentación de bañarse entre rosas de papel. El tríptico tenía nombre: Queen of the Beauty.

Pintar es saber mirar, contemplar, abrir los ojos del alma, buscar la emoción. Kandisnky creía que el artista buscaba una sucesión en la emoción: la que sentía el artista se trasladaba a la obra de arte y de ésta al observador. Las dos emociones, la del pintor y la del observador, serían análogas en la medida en que la obra fuera lograda. Y a fe que nuestro artista lo logra.

Ante el observador comparecía ahora La gran dama, un óleo sobre tela que bebe del puntillismo y del impresionismo, incluso del surrealismo, y que individualiza la pintura Garciadejuanista en uno de sus dominios más consumados, sus "lágrimas transparentes", que en esta obra conforman la belleza bajo un cielo sólo imaginable en una retina castellana, las mismas lágrimas que se niegan a rodar en La proa de Castilla. Matizada su dureza mineral, filtrada a través de la emoción, La gran dama se desvanece bajo un cielo vivo en que las nubes avanzan, sólo es cuestión de paciencia.

Y pintar es buscar la belleza. Bello es, según Santo Tomás, aquello cuya contemplación produce placer espiritual inmediato, y este placer debe ser desinteresado, es decir, no ha de agradarnos por su utilidad. "Era tan bella -dicen que comentó Fernando- que dolía mirarla". Y añadió: "Cuando sonrió, tuve que cerrar los ojos para guardarla. Entonces comprendí a Santo Tomás".

El enigma de Simc transmite rectitud, firmeza. Puede que se trate de uno de los óleos más misteriosos de nuestro autor. ¿Qué facilidad la suya para atrapar al mirador? Un rayo nos atraviesa de arriba abajo, la gama de los verdes nos pregunta ¿cómo no quedar extraviado en ese abismo de contraste?

Fernando García de Juan hunde sus manos en el color, lo baña de esplendor y sólo entonces acaricia los pinceles en pleno presentimiento. El milagro se produce por su paz, su serenidad, su sensualidad, que permiten a sus ojos descifrar el misterio. Por eso es preciso el silencio. Pero nada sería posible sin la técnica, sin la maestría en el dibujo (El repudio de Agar, Mezquita de Córdoba), sin el dominio de la curva. "Existe Dios -son palabras suyas-, porque sólo un ser superior puede haber diseñado la espalda femenina".

Transmutado en admirador, el observador rescató un catálogo anterior del artista, se perdió en el díptico Laberinto y renunció a encontrar el hilo de Ariadna. Embaucado por la trama, cayó en ese agujero en que se pierde la esperanza, pero allí volvió a buscarse. Así, Fernando nos ayuda a conocernos mejor y de eso se trata. Cómo agradecer al artista la amabilidad de ofrecernos su creación. ¿Quién movería un pliegue, una hoja, si parece que no es posible otra disposición del entramado? No hay duda de que algunas obras de arte nunca terminan de verse. Papel de embalar, por ejemplo: yo he arrastrado los pies en otoño dentro de ese cuadro.

Se dice de él que es un maestro del dibujo, que es "escultor del aire", "pintor de colores". Y es verdad, pero Fernando piensa, además, que ver no es igual que mirar, ni oír que escuchar, ni oler que inspirar, ni gustar que paladear, ni tocar que acariciar. Fernando mira, escucha, se llena, degusta. Administra el tiempo como si fuera inmortal y acaricia el soporte donde ocurrirá el prodigio.

El admirador abrió mucho los ojos ante algunas de las obras trabajadas con lápices acuarelados sobre cartulina negra: la maravilla del San Andrés de Ribera recreado por Fernando con un fervor casi místico, con la misma sensibilidad con que impide al Mimo que nos mire a los ojos, porque no lo soportaríamos. En los ojos del mimo Fernando ha sido capaz de pintar el alma. Y La fachada del Arte en que la maestría del trazo se baña en una luz dominada, como la luz de Fogón.

Y, de repente, la transparencia ("la transparencia, Dios, la transparencia"). El destello, el fulgor. Copas y libros: La copa de brandy que se desdobla tras la de cava. Botella tallada: El reflejo, la técnica, el perfeccionismo. Denominación de origen: El toque de color que llena el cuadro.

Concluyó el admirador que el artista afincado en Benidorm es un pintor de carácter, de personalidad y estilo propios y, lo que es de agradecer, fiel a si mismo. Hoy más que nunca ha de valorarse la autenticidad.

Acérquense, pues, señores, pasen y miren, no notarán que levitan mientras contemplan la exposición. A la salida, cuando pisen la realidad y adviertan que el color permanece en su retina, llévense la mano al corazón y notarán el calor del resplandor que permanece en su interior como el sol en los ojos. Es el fulgor.

Abran su espíritu y dejen que sean los cuadros quienes dialoguen con ustedes, quienes les entreguen la emoción del artista reclamada por Kandinsky. Porque García de Juan nos muestra su interior, es un desvergonzado que no se arrepiente casi de nada, porque sabe que de nada sirve. Sean "observadores interesados". El admirador diría "disfruten las unas y los otros como yo he disfrutado". Observen Mano de pintura y adviertan que existe una realidad superior. Y no toquen la Silla azul: está recién pintada.

Un par de semanas antes, el observador había recibido una llamada: "Soy Fernando, te llamo desde los membrillos que contemplas. Dedícales unas letras". Era la voz del demiurgo. Qué honor poder hacerlo. Gracias, Nano. Urbano Blanco.


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