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UN RELATO DE NURIA DEL PESO
Nada más amado
  Nuria  | 21 de septiembre de 2012

No hay nada más bello
que lo que nunca he tenido.
Nada más amado
que lo que perdí.

(Joan Manuel Serrat)

Amo a Elisabeth. La quiero tanto que en las noches que comparto con ella, dormir me parece una pérdida de tiempo. Abro los ojos, la veo allí a mi lado, desnuda, tan hermosa que no puedo evitar el deseo de tocarla y la beso. Ella protesta, gruñe un poco, se enfurruña. No le gusta que la despierte. Pero al rato me mira con sus ojos que sonríen y me devuelve los besos multiplicados por mil, y me acaricia la espalda para relajarme, dice, porque piensa que no duermo por algo que me preocupa. Y le digo que no es eso, que la verdad es que dormir estando ella a mi lado es, efectivamente, perder el tiempo. Entonces me castiga con bocados carnosos y en lugar de caricias me llena de cosquillas y arañazos, se da la vuelta y se hace la dormida. Y a mí solo me dan ganas de abrazarla, besarle los hombros suavemente y hacerle el amor durante horas. Llenarme de ella y llenarla de mí, en esta esfera dulce y templada, que es lo más parecido a un hogar que hemos tenido.

Porque Elisabeth y yo vivimos de cuando en cuando dentro de una esfera. Cómoda, brillante, nuevecita, algo achatada en los polos. En nuestra esfera somos todo lo felices que podemos, dentro de unos límites palpables. Elisabeth cocina omeletes y solo me deja fumar asomado al balcón, porque no soporta el humo de los cigarros. Después de cenar cantamos canciones antiguas y bailamos bien cerquita, respirando cada uno el aliento del otro. Y hablamos, hablamos sin parar, quitándonos incluso la palabra. Y volvemos una y otra vez a la cama de nuestra esfera, a la templada dulzura de sus sábanas. Nunca pensé que volvería a amar así y lo cierto es que me pilló desprevenido. Aunque he decidido ser feliz durante el tiempo en que estoy con ella, no pretendo más ni puedo esperar otra cosa.

Es verdad que algún día hemos salido de la esfera, pero ha sido desastroso, porque Elisabeth no deja que la toque en público y me obliga a tirar cada residuo, por mínimo que sea, a las papeleras. En el exterior de la esfera, Elisabeth es un auténtico fastidio, pero, Dios, cómo la amo.

Un día, ni siquiera una fecha especial, un día sin más le regalé a Elisabeth mi corazón metido en una cajita decorada con cintas de colores, porque a ella le encantan ese tipo paquetes. Fue un regalo que entusiasmó a Elisabeth, y eso que ella es difícil de complacer. Y desde ese día camino un par de palmos por encima del suelo. La gente me suele mirar con estupor, pero entonces les digo: “Amo a Elisabeth”, y ellos comprenden. Algunos sonríen cómplices y otros me miran con envidia o con lástima, porque ya se sabe que el amor es un sentimiento ambiguo.

Pero esta mañana me he despertado con sensación de asfixia, la esfera estaba agujereada y parecía irreparable. En la cocina, junto a los restos del desayuno, he encontrado mi corazón hecho añicos. He buscado por todas partes. Ni rastro de Elisabeth.

Me he sentado en el suelo helado de la cocina, pero no he sentido frío. Con paciencia, me he empleado a fondo para reconstruir mi corazón. He tardado varias horas y al terminar, he descubierto que falta un pedazo. Sospecho que se lo ha quedado Elisabeth. No importa, la verdad es que le pertenece. Me gusta pensar que lo lleva en el bolsillo interior de su abrigo, cerca del pecho. Y que de vez en cuando lo saca y lo contempla, victoriosa.

Y por un instante me parece oír los pasos leves de Elisabeth, y creo que todo ha sido una de sus bromas y casi la veo aparecer por la puerta riéndose de mi cara de pasmarote.

Pero solo es un instante.


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 2 comentarios
  •  Nada más amado  25 de septiembre de 2012 15:53, por Nuria

    Gracias, José María.
    A ver si nos conocemos un día por Las Navas, que a tus hijos sí los conozco.

  •  Nada más amado  24 de septiembre de 2012 14:23, por José María

    Sigue deleitándonos con tus creaciones. Nos gusta. Por supuesto es un plural, el que uso, muy singularísimo

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- Artículo realizado por Nuria
- Publicado el 21 de septiembre de 2012

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