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Sala maleikun - La paz sea contigo
  José María  | 12 de septiembre de 2011

Sin saber por qué se fijó en él. Lo vio por la ventana. Le pareció tan solo... En un ángulo de la plaza. Sentado en un banco de granito. Imagen que le hizo pensar en lo desvalido del ser humano tomado así, sin más ni más, uno por uno. Las técnicas de acercamiento de objetos por las cámaras fotográficas pueden describir muy bien esa invalidez. O pequeñez. La televisión utiliza esos métodos muy a menudo para representar a la Tierra dentro del Universo infinito. La Tierra entonces es un punto insignificante. Pero si ese tomavistas sigue acercándose a nuestro planeta nos muestra campos inmensos con sus pueblos y ciudades que son apenas poco más que manchas reducidas. Y esas manchas se agrandan si el objetivo las acerca y sus habitantes nos aparecen como pequeños puntos moviéndose de aquí para allá. Punto como el que está sentado ahí, en el banco de la plaza, en un ángulo de la misma. Solo.

Pero incluso la soledad tiene sus grados. Y ésta, de éste hombre, se la imaginó en grado sumo. ¿Por qué? No sabría explicarlo.

Por lo que podía apreciar desde la ventana parecía su rostro quemado por muchos fríos y soles. Cara arrugada. Nariz aguileña. Cabello blanco. Bigote entrecano. Gafas oscuras.

De cuando en cuando metía la mano en su vestimenta larga extrayendo un pañuelo negro con el que limpiaba sus gafas y sus ojos llorosos. Otras veces miraba en derredor con un aire -se lo imaginó- como quien se pregunta para si: ’qué hago aquí’.

Dos niños se le acercaron. Le acariciaron. Le quitaron un gorro blanco de la cabeza. Él les pasó la mano por el pelo. Mecánicamente.

Los niños se alejaron. Corrían. Jugaban. Entonces se colocó en el banco con pose extraña. ¿Extraña? ¿Eso que quiere decir? No sabría decir el por qué le pareció asi esa postura del hombre en el banco. Pero fue la palabra que encontró para definirla. Postura rara y de desmañada elegancia. Como de señor de un lugar al que los que le rodean están acostumbrados a escucharle cuando habla. Colocado así se llevó la mano a los ojos a modo de visera como queriendo protegerse de sol, para mirar a lo lejos, al horizonte, esa línea en que, según nos enseñaban en la escuela, parece que el cielo se junta con la tierra. Inútil gesto porque allí, precisamente allí, en aquel lugar, no había horizonte... ni horizonte, ni tierra, ni cielo, solo calles, casas y coches.

Por eso es posible -pensó- que mirara esas calles, casas y coches como el que mira en torno suyo sintiéndose trasplantado de golpe a otro planeta. La tristeza entonces se volvería angustiosa desesperación produciéndole un nudo en la garganta o en el estómago. Y si no fuera por el instinto, o voluntad consciente, de seguir viviendo se hubiera hundido en la negra o blanca muerte. Porque nadie le obligó...

Aquí se pararía para recapitular o recapacitar acerca o sobre los empujones, patadas, golpes, empellones... que da la vida a los individuos como él moviéndolos a tomar decisiones que entran de lleno en lo que podría denominarse heroicidades. Si, heroicidades. No de esas que brillan condecorando un pecho militar. No. Sino de las otras: íntimas, humildes en las que la sangre vertida, si se vierte, es la de héroes como él al que nadie conoce salvo los suyos seres queridos. A veces, muchas veces, infinitamente más valiosas bravuras o hazañas que las que representan esos relucientes oropeles en guerreras y uniformes.

Los dos niños se le acercaron una vez más. Y cogiéndole de la mano le forzaron a levantarse. Mas pronto lo soltaron y continuaron con sus juegos y correrías.

Caminó por la plaza. Con un andar extraño. Lo sentía por segunda vez pero no encontraba otra palabra para definir su andadura. Con cierta elegancia y arrogancia. Eso creyó el que miraba por la ventana. Un servidor de ustedes. Con perdón, porque el sirve no es libre. Decíamos que caminaba de forma rara, quizás como si levitara. O como si no sintiera el suelo bajo sus pies. O como si en lugar de caminar volara... Se metió las manos en los bolsillos de su vestido. El viento se los movió como si quisiera espantar su tristeza. Ahuyentaba la tristeza ondulando al tiempo su caminar, su levitar, su volar... y de paso lo transformaba en una mariposa. ¿Mariposa? Raro especimen en un lugar sin horizontes. Y sin cielo, ni tierra. Y sin flor donde posarse.

Volvió a posarse... digo sentarse.

Los que pasaban, cuando lo miraban, que no lo hacían siempre, lo hacían de reojo. Estaba claro que no tenía amigos o conocidos o familiares. Nadie con quien hablar. Así la soledad es más auténtica. Cruzó las piernas. Se metió una vez más la mano en el bolsillo. Sacó el pañuelo negro. Se quitó las gafas. Estaba limpiándose los ojos, llorosos, cuando uno que pasó cerca de él, joven, fuerte, ancho de hombros, cabeza redonda, pelo corto, camiseta roja que ponía en la espalda con letras amarillas ’Yo soy español español español’ (español tres veces) lo miró y le dijo:

- Maldito seas, moro.

Pero él creyó entender ’Salem aleikun’ (’La paz sea contigo’).

- Aleikun salam -respondió.

- Tu puta madre por si acaso, cabrón de mierda -ladró el español uno y trino.

La tristeza del sentado en el banco de granito se desvaneció en una amplia sonrisa.

Y el que miraba por la ventana, viéndolo así, con la sonrisa en ristre, en ese ángulo de la plaza, sentado en el banco de granito, supo que si una cámara o tomavistas lo gravara en ese momento lo lanzaría al aire del espectador con la dignidad de un hombre que sabiéndose pequeño en el mundo es al mismo tiempo consciente de que es El Hombre: un ser que lo controla todo.

Y tarde o temprano volverá a poner la mano, cual visera ante los ojos, para otear, de verdad, el horizonte.


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- Artículo realizado por José María
- Publicado el 12 de septiembre de 2011

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